Es ley de vida

Es ley de vida

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La pared de un bar que hay al lado de casa y que muestra a los que ya no están con nosotros.

Cuando era una adolescente con la cara llena de acné, al igual que a todas mis amigas mis preocupaciones eran los chicos, las notas, la ropa y que al entrar en la discoteca, sin tener la edad mínima requerida por ley, los seguratas no me pidieran el carné; pero además de todo eso y, a diferencia de ellas, a mí me angustiaba la muerte. Será que siempre he sido un poco rarita, o que tener un padre que me despertaba todas las mañanas al grito de “da las gracias por este nuevo día”, como si en lugar de un lunes de otoño cualquiera se tratara del regalo más espléndido que alguien te pudiera hacer, me marcó más de lo que me gusta admitir.

Durante esa época tuve que salir de clase en más de una ocasión porque de repente, y sin motivo alguno, me ponía a llorar. Mis padres me llevaron a ver a un psicólogo, a una mujer que daba terapia con flores de Bach y a un tipo que usaba cristales de colores para equilibrar la energía del cuerpo. Incluso en una ocasión me tocó ir al psiquiatra, que para solucionar mi angustia —y en la primera y única visita que hice— me recetó tranquilizantes. Después me llamó por teléfono para invitarme a salir pero esa ya es otra historia. He de decir que nunca los llegué a comprar pero todavía conservo la receta como recordatorio de la capacidad que tiene el hombre para sobreponerse a cualquier cosa. Con los años el temor a la muerte no ha desaparecido. Estoy a punto de cumplir los cuarenta y sigue dándome tanto miedo como entonces sino más, simplemente he dejado de hablar de ello en público. La muerte es un tema tabú. Y sin embargo es lo que da sentido a nuestras vidas.

Mis abuelos murieron hace casi veinte años. Y a pesar de lo que acabo de contar, la suya no fue para mí una muerte traumática. Eran personas mayores, que habían tenido una vida plena. Su pérdida, aunque me entristeció, fue de esas cosas que se aceptan fácilmente. “Es ley de vida”, decía la gente y yo pensaba que llevaban razón. Mientras tanto, mis dos abuelas con más de noventa años cada una, siguen dando guerra. La única vez que he estado en un entierro fue hace unos años cuando un chico que había ido a mi clase se suicidó. Pero él y yo nunca tuvimos mucha relación y cuando eso ocurrió ya hacía tiempo que ambos habíamos dejado el colegio. Quizás mi miedo se deba a eso, a que nunca he visto la muerte de cerca. No he perdido a ningún ser querido, ni por accidente ni por enfermedad. Mis familiares y amigos están todos más frescos que una lechuga.

Cuando le pregunto a mi marido si es que él no siente zozobra ante la posibilidad de morirse, me contesta que no y sigue con sus cosas. También me dice que soy una agonías. Desconfío de la gente que no le teme a la muerte, incluido mi marido. O mienten y no admiten que están cagados como el resto de los mortales o sencillamente no están bien de la cabeza. No consigo entender cómo son capaces de vivir felices sabiendo que en cualquier momento les puede atropellar un autobús o les puede llamar el médico para anunciarles que algo en sus pruebas rutinarias no pinta del todo bien. Asesinatos, accidentes, enfermedades. La amenaza de no seguir con vida está ahí fuera, solo hace falta mirar los informativos de Telecinco.

Hace tiempo que dejé de verlos, ni tan siquiera tengo sintonizado el canal. Y a pesar de ello, estos días la muerte se ha presentado en mi casa y lo ha hecho por partida doble. Mi vecino, al que de ahora en adelante llamaré G, es empresario, nuestro casero y además el mejor amigo de mi marido desde que ambos se conocieron en la guardería hace más de treinta y cinco años. G tiene su despacho en el piso de arriba y no es extraño que se presente en casa sin avisar. El sábado lo hizo. Yo estaba preparando un arroz para el domingo y lo invité a comer con nosotros. “Perfecto”, me contestó y quedamos que al día siguiente vendría a eso de las dos. G se tomó una cerveza con nosotros, charlamos un rato de cosas sin importancia y regresó al trabajo porque, según él, quería adelantar papeleo antes de las fiestas navideñas. No había pasado ni una hora desde que nos despedimos cuando volvió a llamar a nuestra puerta. Enseguida me di cuenta de que en esos escasos sesenta minutos desde que nos habíamos visto por última vez había sucedido algo. G estaba pálido, no paraba de pasarse la mano por el pelo y resoplar. ¿Qué pasa?, le pregunté. “Acaban de decirme que una de las mejores amigas de mi madre ha muerto”. ¿Qué me dices? ¿Cuántos años tenía? ¿Estaba enferma? Cuando G pudo responder contestó con un lacónico “No” y, sin despegar los labios, levantó la mano derecha, puso los dedos en forma de pistola, como suelen hacer los niños cuando juegan a indios y vaqueros, y se pegó dos tiros en la cabeza. ¿Se ha suicidado?, pregunté entonces. “No”, volvió a contestar y, tras un silencio que a me pareció eterno, añadió: “la han matado”.

Suspendimos la comida. G tenía que ir al entierro y éste se celebraba a la mañana siguiente en Alicante. “Conduce con cuidado”, es lo único que acerté a decirle antes de que se perdiera pasillo arriba. La historia de la muerte de esta señora no voy a contarla. Ya ha salido en todos los periódicos y también en varias televisiones. Sólo diré que la policía ha descartado el robo, que todavía se desconoce cual fue el móvil pero que todo apunta a que se trata de un asesinato por encargo. Es decir, alguien contrató a un sicario profesional para deshacerse de la señora. Las primeras investigaciones de la policía se centran en el entorno familiar.

Al cabo de unos días G vuelve a estar en nuestra casa. Sacamos de nuevo las cervezas pero esta vez no hablamos de temas intrascendentes. G está triste y consternado. No se puede creer que una cosa así haya sucedido. “Es que es imposible… los conozco a todos… son buena gente. No ha podido ser ninguno de ellos”. Eso tú no lo sabes, le respondo, nunca conoces del todo a una persona. Como decía Mark Twain, todos somos como la luna, tenemos un lado oscuro que no mostramos a nadie. Pero él niega con la cabeza y me dice que no, que es imposible. “¿Que hijo sería capaz de matar a sus padres?”, pregunta en voz alta sin esperar respuesta. Le hablo de El Adversario, un libro de Emmanuele Carrère que narra la historia de un señor que estuvo mintiéndole a su familia toda la vida y, que antes de que se descubriera el pastel, los mató. A todos. Esposa, hijos y padres. Luego, intento suicidarse. “Pero eso es ficción”, protesta G. Le digo que se trata de una historia real, que sucedió en Francia, pero él ya no me escucha.

A día de hoy desconocemos quién ha matado a esta señora ni porqué lo ha hecho. Lo único que  podemos decir es que ella ya no está con nosotros. ¿Dónde? Tampoco se sabe. Nadie ha regresado del mas allá para contarlo. Quienes la conocían, como mi amigo, están desolados y yo, que  no tenía ni puñetera idea de quien era hasta que la pelaron, vuelvo a ser víctima del desasosiego. No es que tenga miedo a que me asesinen, no tengo dinero en el banco ni poseo acciones en ninguna empresa millonaria, pero ya se sabe que la la dama de la guadaña es caprichosa y nadie escapa a sus deseos. ¿Por qué sino muere la buena gente y el mundo continúa lleno de hijos de puta?

Un par de días más tarde recibo un mensaje de what’s up. Echo una ojeada rápida al móvil y veo que se trataba del grupo de madres de la escuela de mi hija. La mayoría de las veces ni los miro. Nunca escribo nada. No tengo tiempo ni ganas. Llamadme mal educada o rancia pero no soy de esas que da las gracias cada vez que su hijo trae golosinas de algún cumpleaños. Tampoco de las que suben fotos de su familia durante las vacaciones escolares. La verdad es que si todavía no he salido del chat es porque pienso que quizá algún día me será de utilidad. Ahí sigo. Esperando. Mientras tanto, me he acostumbrado a recibir basura digital. Lo que no estoy acostumbrada es a leer mensajes como éste.

“Os comunicamos el fallecimiento de nuestro hijo X, hermano pequeño de Y. Murió el pasado viernes de forma inesperada. Lo despediremos en la intimidad. Gracias por vuestra comprensión”

Hasta que recibí este mensaje siempre había pensado que lo peor que podría pasarme en la vida era morirme, desde que soy madre más que nunca. En el momento en que traes un hijo al mundo sabes que estás un poco más cerca del fin. Ya se sabe, “es ley de vida”. Hasta que recibí este mensaje lo que me daba miedo era morirme y que mis hijos se olvidarán de mí. Me angustiaba pensar que con el paso del tiempo se les borraría mi cara, se olvidarían de las historias que les cuento antes de meterlos en la cama, las canciones que les canto cuando están enfermos y las comidas que les preparo cuando los quiero sorprender. Me daba pánico pensar que podía desaparecer de sus vidas y me lo sigue dando, pero sin dudarlo prefiero mi muerte a la suya. Lo normal es que los hijos vean morir a sus padres no al revés. Es ley de vida, joder. Si una niña pierde a sus padres la llaman huérfana. Si una mujer pierde a su marido se convierte en viuda. Pero no tenemos ninguna palabra que sirva para una madre que ha perdido a un hijo.

Accidentes y enfermedades son cosas que están ahí fuera como los virus, pero que les suceden a los demás. No a ti ni a nadie que conozcas. Cuando en menos de una semana dos personas mueren y lo hacen en estas circunstancias no puedes más que alegrarte. Porque aunque de cara a la galería todos estamos afligidos por el que se ha ido, en realidad lo que sentimos es un gran alivio. Alivio de que esta vez la muerte haya pasado de largo y no se haya cebado con nosotros ni con ninguno de los nuestros. No me mal interpretéis. Desde aquí le doy mis condolencias a las familias. A las dos. A los hijos que han perdido una madre y a los padres que han perdido a un hijo; al universo le doy las gracias por seguir estando viva.

 

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