Es ley de vida

Es ley de vida

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La pared de un bar que hay al lado de casa y que muestra a los que ya no están con nosotros.

Cuando era una adolescente con la cara llena de acné, al igual que a todas mis amigas mis preocupaciones eran los chicos, las notas, la ropa y que al entrar en la discoteca, sin tener la edad mínima requerida por ley, los seguratas no me pidieran el carné; pero además de todo eso y, a diferencia de ellas, a mí me angustiaba la muerte. Será que siempre he sido un poco rarita, o que tener un padre que me despertaba todas las mañanas al grito de “da las gracias por este nuevo día”, como si en lugar de un lunes de otoño cualquiera se tratara del regalo más espléndido que alguien te pudiera hacer, me marcó más de lo que me gusta admitir.

Durante esa época tuve que salir de clase en más de una ocasión porque de repente, y sin motivo alguno, me ponía a llorar. Mis padres me llevaron a ver a un psicólogo, a una mujer que daba terapia con flores de Bach y a un tipo que usaba cristales de colores para equilibrar la energía del cuerpo. Incluso en una ocasión me tocó ir al psiquiatra, que para solucionar mi angustia —y en la primera y única visita que hice— me recetó tranquilizantes. Después me llamó por teléfono para invitarme a salir pero esa ya es otra historia. He de decir que nunca los llegué a comprar pero todavía conservo la receta como recordatorio de la capacidad que tiene el hombre para sobreponerse a cualquier cosa. Con los años el temor a la muerte no ha desaparecido. Estoy a punto de cumplir los cuarenta y sigue dándome tanto miedo como entonces sino más, simplemente he dejado de hablar de ello en público. La muerte es un tema tabú. Y sin embargo es lo que da sentido a nuestras vidas.

Mis abuelos murieron hace casi veinte años. Y a pesar de lo que acabo de contar, la suya no fue para mí una muerte traumática. Eran personas mayores, que habían tenido una vida plena. Su pérdida, aunque me entristeció, fue de esas cosas que se aceptan fácilmente. “Es ley de vida”, decía la gente y yo pensaba que llevaban razón. Mientras tanto, mis dos abuelas con más de noventa años cada una, siguen dando guerra. La única vez que he estado en un entierro fue hace unos años cuando un chico que había ido a mi clase se suicidó. Pero él y yo nunca tuvimos mucha relación y cuando eso ocurrió ya hacía tiempo que ambos habíamos dejado el colegio. Quizás mi miedo se deba a eso, a que nunca he visto la muerte de cerca. No he perdido a ningún ser querido, ni por accidente ni por enfermedad. Mis familiares y amigos están todos más frescos que una lechuga.

Cuando le pregunto a mi marido si es que él no siente zozobra ante la posibilidad de morirse, me contesta que no y sigue con sus cosas. También me dice que soy una agonías. Desconfío de la gente que no le teme a la muerte, incluido mi marido. O mienten y no admiten que están cagados como el resto de los mortales o sencillamente no están bien de la cabeza. No consigo entender cómo son capaces de vivir felices sabiendo que en cualquier momento les puede atropellar un autobús o les puede llamar el médico para anunciarles que algo en sus pruebas rutinarias no pinta del todo bien. Asesinatos, accidentes, enfermedades. La amenaza de no seguir con vida está ahí fuera, solo hace falta mirar los informativos de Telecinco.

Hace tiempo que dejé de verlos, ni tan siquiera tengo sintonizado el canal. Y a pesar de ello, estos días la muerte se ha presentado en mi casa y lo ha hecho por partida doble. Mi vecino, al que de ahora en adelante llamaré G, es empresario, nuestro casero y además el mejor amigo de mi marido desde que ambos se conocieron en la guardería hace más de treinta y cinco años. G tiene su despacho en el piso de arriba y no es extraño que se presente en casa sin avisar. El sábado lo hizo. Yo estaba preparando un arroz para el domingo y lo invité a comer con nosotros. “Perfecto”, me contestó y quedamos que al día siguiente vendría a eso de las dos. G se tomó una cerveza con nosotros, charlamos un rato de cosas sin importancia y regresó al trabajo porque, según él, quería adelantar papeleo antes de las fiestas navideñas. No había pasado ni una hora desde que nos despedimos cuando volvió a llamar a nuestra puerta. Enseguida me di cuenta de que en esos escasos sesenta minutos desde que nos habíamos visto por última vez había sucedido algo. G estaba pálido, no paraba de pasarse la mano por el pelo y resoplar. ¿Qué pasa?, le pregunté. “Acaban de decirme que una de las mejores amigas de mi madre ha muerto”. ¿Qué me dices? ¿Cuántos años tenía? ¿Estaba enferma? Cuando G pudo responder contestó con un lacónico “No” y, sin despegar los labios, levantó la mano derecha, puso los dedos en forma de pistola, como suelen hacer los niños cuando juegan a indios y vaqueros, y se pegó dos tiros en la cabeza. ¿Se ha suicidado?, pregunté entonces. “No”, volvió a contestar y, tras un silencio que a me pareció eterno, añadió: “la han matado”.

Suspendimos la comida. G tenía que ir al entierro y éste se celebraba a la mañana siguiente en Alicante. “Conduce con cuidado”, es lo único que acerté a decirle antes de que se perdiera pasillo arriba. La historia de la muerte de esta señora no voy a contarla. Ya ha salido en todos los periódicos y también en varias televisiones. Sólo diré que la policía ha descartado el robo, que todavía se desconoce cual fue el móvil pero que todo apunta a que se trata de un asesinato por encargo. Es decir, alguien contrató a un sicario profesional para deshacerse de la señora. Las primeras investigaciones de la policía se centran en el entorno familiar.

Al cabo de unos días G vuelve a estar en nuestra casa. Sacamos de nuevo las cervezas pero esta vez no hablamos de temas intrascendentes. G está triste y consternado. No se puede creer que una cosa así haya sucedido. “Es que es imposible… los conozco a todos… son buena gente. No ha podido ser ninguno de ellos”. Eso tú no lo sabes, le respondo, nunca conoces del todo a una persona. Como decía Mark Twain, todos somos como la luna, tenemos un lado oscuro que no mostramos a nadie. Pero él niega con la cabeza y me dice que no, que es imposible. “¿Que hijo sería capaz de matar a sus padres?”, pregunta en voz alta sin esperar respuesta. Le hablo de El Adversario, un libro de Emmanuele Carrère que narra la historia de un señor que estuvo mintiéndole a su familia toda la vida y, que antes de que se descubriera el pastel, los mató. A todos. Esposa, hijos y padres. Luego, intento suicidarse. “Pero eso es ficción”, protesta G. Le digo que se trata de una historia real, que sucedió en Francia, pero él ya no me escucha.

A día de hoy desconocemos quién ha matado a esta señora ni porqué lo ha hecho. Lo único que  podemos decir es que ella ya no está con nosotros. ¿Dónde? Tampoco se sabe. Nadie ha regresado del mas allá para contarlo. Quienes la conocían, como mi amigo, están desolados y yo, que  no tenía ni puñetera idea de quien era hasta que la pelaron, vuelvo a ser víctima del desasosiego. No es que tenga miedo a que me asesinen, no tengo dinero en el banco ni poseo acciones en ninguna empresa millonaria, pero ya se sabe que la la dama de la guadaña es caprichosa y nadie escapa a sus deseos. ¿Por qué sino muere la buena gente y el mundo continúa lleno de hijos de puta?

Un par de días más tarde recibo un mensaje de what’s up. Echo una ojeada rápida al móvil y veo que se trataba del grupo de madres de la escuela de mi hija. La mayoría de las veces ni los miro. Nunca escribo nada. No tengo tiempo ni ganas. Llamadme mal educada o rancia pero no soy de esas que da las gracias cada vez que su hijo trae golosinas de algún cumpleaños. Tampoco de las que suben fotos de su familia durante las vacaciones escolares. La verdad es que si todavía no he salido del chat es porque pienso que quizá algún día me será de utilidad. Ahí sigo. Esperando. Mientras tanto, me he acostumbrado a recibir basura digital. Lo que no estoy acostumbrada es a leer mensajes como éste.

“Os comunicamos el fallecimiento de nuestro hijo X, hermano pequeño de Y. Murió el pasado viernes de forma inesperada. Lo despediremos en la intimidad. Gracias por vuestra comprensión”

Hasta que recibí este mensaje siempre había pensado que lo peor que podría pasarme en la vida era morirme, desde que soy madre más que nunca. En el momento en que traes un hijo al mundo sabes que estás un poco más cerca del fin. Ya se sabe, “es ley de vida”. Hasta que recibí este mensaje lo que me daba miedo era morirme y que mis hijos se olvidarán de mí. Me angustiaba pensar que con el paso del tiempo se les borraría mi cara, se olvidarían de las historias que les cuento antes de meterlos en la cama, las canciones que les canto cuando están enfermos y las comidas que les preparo cuando los quiero sorprender. Me daba pánico pensar que podía desaparecer de sus vidas y me lo sigue dando, pero sin dudarlo prefiero mi muerte a la suya. Lo normal es que los hijos vean morir a sus padres no al revés. Es ley de vida, joder. Si una niña pierde a sus padres la llaman huérfana. Si una mujer pierde a su marido se convierte en viuda. Pero no tenemos ninguna palabra que sirva para una madre que ha perdido a un hijo.

Accidentes y enfermedades son cosas que están ahí fuera como los virus, pero que les suceden a los demás. No a ti ni a nadie que conozcas. Cuando en menos de una semana dos personas mueren y lo hacen en estas circunstancias no puedes más que alegrarte. Porque aunque de cara a la galería todos estamos afligidos por el que se ha ido, en realidad lo que sentimos es un gran alivio. Alivio de que esta vez la muerte haya pasado de largo y no se haya cebado con nosotros ni con ninguno de los nuestros. No me mal interpretéis. Desde aquí le doy mis condolencias a las familias. A las dos. A los hijos que han perdido una madre y a los padres que han perdido a un hijo; al universo le doy las gracias por seguir estando viva.

 

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“Las putas no somos el problema, sino parte de la solución”

“Las putas no somos el problema, sino parte de la solución”

Se llama Mari Carmen y la conocí un viernes. Ese día había llamado a mi amigo O. para invitarle a comer. “Hoy no puedo, tengo trabajo”, me contestó. Durante unos minutos barajé la posibilidad de ir sola. En esas estaba, dudando entre hacerme un bocadillo con cualquier cosa que encontrara en la nevera o bajar al japonés, cuando sonó el teléfono. Era él. “¿Por qué no me acompañas? Por los viejos tiempos”. O. es periodista de televisión y ese día buscaba a una puta. No a una en particular. A cualquiera que quisiera hablar con él. A la una estaba prevista una manifestación en El Raval para protestar por la ola de agresiones que vienen sufriendo las trabajadoras sexuales de este barrio barcelonés, y para allá que nos fuimos; a la caza de alguna valiente que quisiera dar la cara. Mari Carmen fue esa persona. Después de grabar la entrevista, que hicimos con el teléfono móvil y un micro de corbata, quedamos en vernos otro día para charlar sin prisas sobre las reivindicaciones del colectivo y los motivos que la habían llevado a formar parte de él.

La primera pregunta era obvia. ¿Por qué Mari Carmen? Y es que no lo he dicho pero Mari Carmen viste bermudas y camiseta negra. En la cabeza, una gorra por la que asoma un flequillo rosa fucsia. En las orejas, dilataciones. En los labios, pierciengs. Y en la cara, barba. Una barba negra y espesa que contrasta no sólo con su nombre, sino también con su voz. Suave, cantarina y con un discurso feminista tan bien armado que déjate tú de Simone de Beauvoir.

“Desde peque vi que algo en mí no encajaba pero no sabía qué era. Todo el mundo me decía que era gay y yo lo acabé asumiendo. Con el tiempo me di cuenta que lo que me sucedía tenía más que ver con mi cuerpo que con mi deseo; se trataba de mi identidad. Mari Carmen nació entonces, hace ahora once años. La pregunta tiende a venir acompañada de otra, ¿no?: “¿Si eres Mari Carmen por qué tu cuerpo sigue siendo éste?” Es una situación compleja, tanto a nivel económico como emocional. Si no cambio a nivel físico es porque es una reflexión que quiero hacer con calma antes de dar el paso. Supongo que un día llegará. Parece que todo lo que se salga del sistema binario: hombre-mujer la sociedad no lo entiende. Existe una presión social para que cambies, pero ¿por qué?. Mi cuerpo está bien como está”.

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Camistea que viste Mari Carmen el día de la entrevista.

Hija de padre gitano y madre paya, los primeros años de su vida los pasó en Jaén. Cuando tenía ocho años su padre murió en un accidente de coche y su madre decidió trasladarse con ella y su hermana a un pueblecito de Mallorca, donde Mari Carmen cuenta que sufrió acoso escolar. “En el colegio formaba parte del grupo de los marginados. Estaba el gordo, el friki, la que tenía de granos, el que llevaba gafas y yo, que era la femenina. Nos llamaban la familia Adams. Nos insultaban y nos pegaban”.

Y ahora es cuándo ella se ríe y yo no entiendo por qué. “Cuando voy de visita todavía me encuentro con algunos de ellos. ¿Y sabes qué? Con varios tuvimos relaciones sexuales, nada serio, cosas de críos. La mayoría están casados, con hijos, siguen con su vida de macho y, claro, ahora los que me tienen miedo son ellos. Tienen terror a lo que pueda contar”.

Su madre fue una feminista adelantada a su tiempo, dice. Se desnudaba para enseñarle cómo es el cuerpo femenino, la llevaba a espectáculos de cabaret y también a casas okupas, hasta que un día los abandonó. “Era una persona poco convencional, con una mentalidad muy abierta y, sobretodo, con muchas ganas de ser feliz y realizarse como mujer. Después de enviudar conoció a un hombre y nos fuimos a vivir con él. Entonces no me daba cuenta, con el tiempo he sido consciente, ese hombre era un machista. Y aunque no la pegaba sí que ejercía sobre ella cierta violencia. El lenguaje, el modo en que te tratan, eso duele igual o más que un puñetazo. Llegó un momento en que no pudo aguantar más y se fue. Recuerdo que me dijo: “Te quiero mucho, quiero que seas feliz pero yo también necesito serlo”.

Pienso que debió ser un momento duro y así se lo digo. Ella asiente con la cabeza pero acto seguido me dice que actualmente la relación con su madre es estupenda. “Hablamos por teléfono casi a diario. De ella he aprendido muchas cosas, como no dejarme someter por ningún hombre y luchar por aquello que me hace feliz. Mi madre sabe a qué me dedico y me apoya. Para mí eso es muy importante.”

Mari Carmen se fue de casa y se matriculó en la facultad de psicología. En esa época había muchas cosas que no entendía, como por ejemplo, lo que había sucedido con su cuerpo. Nació con ginecomastia, un trastorno que afecta a las glándulas mamarias. Su tía, que durante una época fue su tutora legal, la llevó al médico para que se las sacaran. También pasó varias veces por el quirófano, donde le practicaron tres operaciones en la zona genital. “Iba a pasar algo en mi cuerpo y los médicos no dejaron que eso sucediera. Tenía muchas preguntas, muchas dudas al respecto y la psicología me ayudaba a entenderlo. La profesora lo enfocaba todo desde una perspectiva de género, fue entonces que comencé a interesarme por el feminismo, pero en cuanto llegamos a la parte de psiquiatría y vi que todo se resolvía dándote una pastilla, dejé la carrera”.

—¿Cómo se pasa de estudiar psicología a trabajar en la prostitución?

—En esa época vivía en el centro de Palma y muy cerca de mi casa había una calle donde se ponían las trabajadoras sexuales. Yo pasaba a diario y me llamaban mucho la atención.  Un día me paré a charlar con ellas y una de las chicas me dijo: “soy transexual”. En ese momento a mí se me abrió un mundo. Fue muy liberador. Yo veía que también había chicos que se prostituían y pensé: “¿por qué no?”. Ella me habló claro. Me aviso de que éste no era un trabajo fácil y que no todo el mundo lo podía hacer.

Mari Carmen me cuenta que esas mujeres estaban muy organizadas, que se cuidaban las unas a las otras. Hacían carteles a mano y los pegaban en la calle donde trabajaban. Tenían un lugar de reunión, hablaban de lo que les había pasado y se pasaban información. “Fue el primer sindicato que yo conocí. Esta solidaridad no la he visto en ningún otro lugar de trabajo. Me hace sentirme orgullosa. He conocido gente muy interesante, tanto compañeras como clientes. Para mí el problema no es la prostitución son los prejuicios sociales. Todavía existe un gran tabú hacia el sexo y eso no deben arreglarlo las putas. No es nuestro trabajo. Es la sociedad la que debe cambiar, necesitamos leyes que regulen nuestra actividad. ¿Qué sucede ahora? Que el ayuntamiento aparta a las putas a las zonas marginales de la ciudad, igual que hace con el resto de personas que molestan. Eso es lo que está pasando en el Raval. Allí estamos las putas, los toxicómanos, los pobres, los inmigrantes y eso está creando un caldo de cultivo…”

Mari Carmen forma parte de la Asamblea de activistas pro derechos sobre el trabajo sexual de Cataluña, creada hace aproximadamente un año por un grupo de prostitutas que se han unido para defender sus derechos, y que actualmente aglutina a varias asociaciones y también a activistas individuales.

—¿Cuáles son las demandas de la Asamblea?

—Primero, que se termine con las agresiones que venimos sufriendo, y después pedirle a la administración que afronte la situación real del barrio. Nosotras queremos mejorar la convivencia con los vecinos, defender la seguridad y, también, los derechos de las mujeres. Necesitamos nuevas leyes, por eso queremos estar en la mesa de negociaciones. ¿Quién hace las leyes ahora? Los mismos señores que utilizan los servicios de prostitución en sus fiestas privadas pero luego cara al público la prohíben.

—¿Se puede ser puta y feminista?

—Claro, cuando las putas reivindicamos el derecho al propio cuerpo, reivindicamos también el derecho de las mujeres a demandar prostitución. En el fondo, es un derecho a la sexualidad.

(Y luego añade que cada vez hay más mujeres que demandan este tipo de servicios).

—Yo cuando me anuncio en internet lo hago como transexual o ofreciéndome como prostitución masculina, pura estrategia comercial. Los clientes no te preguntan por tus preferencias, a ellos les da igual. Trabajo en casa porque mis clientes no son de los que salen un sábado por la noche y acaban demandando los servicios de una trabajadora sexual, no son de este tipo. Mi especialidad es el BDSM.

—¿El qué?

—Bondage, sadismo, masoquismo y dominación. Tengo mi mazmorra en casa. Es lo que más me tira. Tiene que ver con la estética y las formas. A mí personalmente me gusta. Mi otra especialidad son las personas con diversidad funcional, que van en silla de ruedas o que tienen parálisis cerebral.

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Mari Carmen trabajó durante un tiempo en una fundación con gente que tenía diversidad funcional. Hacía el turno de noche y dice que allí vio muchas cosas. “Que vayas en silla de ruedas no quiere decir que no tengas deseo o necesidad sexual. Están en su derecho y en la gran mayoría de centros se les niega ese derecho. De la misma manera que a nosotras se nos tacha de pobres locas a ellos se los tacha de pobrecitos enfermos. Estamos construyendo un mundo en el que el diferente se queda fuera. Igual que ellos nosotras no queremos caridad, queremos que nos vean como somos. El problema es que sigue habiendo lugares inviolables socialmente. El género y la sexualidad son dos de esos lugares. Tienen un peso social muy grande. Y eso ha de cambiar”.

A Mari Carmen le gusta lo que hace, no se avergüenza de ello ni tiene miedo al qué dirán. Cree que en un mundo ideal no existiría la prostitución, del mismo modo que tampoco habría ningún trabajo asalariado que sometiera al ciudadano, pero dice que mientras ese mundo no llegue ella tiene que ganarse la vida. “Si tengo que trabajar prefiero ser mi propia jefa. Yo pongo las reglas, escojo los clientes y me arriesgo hasta donde yo quiero”. Antes de irme le comento que cuesta encontrar a gente que de la cara y hable sin tapujos sobre este tema. Ella asiente con la mirada y rápidamente me contesta que si ha decidido a explicar su historia es porque quiere que se hable de las mujeres que como ella se dedican a la prostitución porque quieren y añade: “Las prostitutas no somos el problema, somos parte de la solución”.

Este arículo fue publicado originalmente en Nueva Revolución.

 

 

 

 

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Lo difícil no es irse sino volver

Lo difícil no es irse sino volver

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Vista nocturna desde mi ventana.

Volvemos a Barcelona, me suelta el Kalvo nada más llegar del trabajo. De un día para otro. Sin darme tiempo a reaccionar. Entramos en la cocina. Necesito urgentemente mi dosis de nicotina y éste es el único lugar de la casa donde se me permite fumar. ¿Cuándo?, le pregunto. Casi preferiría no haberlo hecho porque él me responde que en dos meses, y no hay suficiente nicotina que me ayude a sobrellevar esta noticia.

Decidimos vender todos los muebles. Sólo nos llevaremos nuestras cosas personales. ¡Sólo! Aunque no sé dónde vamos a meterlas porque el piso de Tánger es bastante grande y en Barcelona no podremos pagar uno igual ni de coña. Después de hacer un listado con las fotos y los precios empiezan las visitas. Y llegan los curiosos, que miran pero no compran. Y los pesados, que compran pero a cambio te cuentan su vida. Como aquella madrileña que me tuvo media mañana que si su ex novio era marroquí y la tenía muy grande. Que si ella hacía el Ramadán porque quería. Que si esto, que si lo otro, que si lo de más allá.

El Kalvo se queda trabajando en Tánger lo que queda de verano. Yo hago las maletas y me preparo para mi tour particular. Con niños pero sin casa. Antes me despido de la gente. Ya nos veremos, me dicen unos. Volverás a Tánger, ¿no?, me preguntan otros. ¿Por qué a las personas nos cuesta tanto despedirnos? ¿Por qué decimos que vamos a llamarnos si sabemos de sobra que no lo haremos? En estos casos, ¿no sería mejor ser sinceros? Me ha encantado conocerte, lo hemos pasado muy bien juntos, que tengas suerte en  la vida. Hasta nunca.

Una amiga nos ha pasado el contacto de un señor marroquí que hace mudanzas. Cuando Mohammed se presenta en casa con sus dos ayudantes, el Kalvo empieza a levantar su ceja, señal inequívoca de que algo que no va bien. Un cojo y un esmirriado. Esos son los encargados de ponerlas cajas en la furgoneta que hemos alquilado, me dice. Pero no caben todas. Añadimos un remolque. Aun y así, sigue faltándonos espacio. No nos queda más remedio que abandonar el resto de cosas a su suerte. “Antes de salir me gustaría pasar por casa a ducharme”. Son las palabras de Mohammed, que regresa tres horas más tarde y no huele a champú precisamente. Al Kalvo no le quedan fuerzas para levantar su otra ceja. Todavía tienen que pasar la Aduana y hacer los mil kilómetros de carretea que separan la ciudad marroquí de la capital catalana. A medio camino me llama por teléfono y, entre otras cosas, me suelta: “En las dos últimas cajas hay un poco de todo. He puesto una etiqueta con la palabra MIERDA”.

El quince de agosto nos dan las llaves de nuestra nueva casa. Y ya era hora porque los niños y yo llevamos más de seis semanas yendo de un lugar a otro. De todas las mudanzas que he hecho, y he hecho unas cuantas, esta es sin duda la peor con diferencia. Tenemos sofá y nevera pero nos faltan las camas, la lavadora y las luces, entre un montón de cosas más. ¿Quién trabaja en España en el mes de agosto? Ni los lampistas, ni los electricistas, ni las tiendas de muebles. A este paso nos veo durmiendo en el sofá hasta que llegue setiembre.

En los cinco años que he pasado fuera de Barcelona, Las Ramblas ya no tienen floristas, ni pájaros. Tampoco estatuas humanas. En su lugar han puesto chiringuitos de cartón piedra. El barrio de El Borne se asemeja a un parque temático. El Puerto Olímpico amanece lleno de botellas, paquetes de tabaco vacíos, vomitonas, infinidad de meadas y algún que otro zurullo. Si hicieran una encuesta entre los clientes de lo locales no creo que encontraran a ningún autóctono. En la playa de la Barceloneta van todos tatuados y llenos de agujeros por todas partes. ¿Por qué esa chica lleva un bañador que le va estrecho?, me pregunta Terremoto cuando una mujer con tanga se sumerge en el agua a nuestro lado. En las tiendas de mi barrio todo lo que venden es ecológico. Desde la verdura, la carne, pasando por el champú y hasta el wasabi. Si practicas yoga ha ser la modalidad que se hace cuarenta grados, si no es que eres un matado. Los niños van al cole y al salir corriendo a las extraescolares. El otro día una de las madres de la escuela de La Peque, que ha empezado en el parvulario, me comentó que su hija va a un curso de inglés dos veces por semana. Después me pidió el teléfono para añadirme al grupo de what’s up de la clase. Le di el número marroquí.

Cada noche, después de acostar a los niños y mientras el Kalvo mira cámaras de fotos de segunda mano por internet, yo me mato. Sólo un poco. Fumo. Y, para no romper la costumbre, lo hago en la cocina. Mi piso está en la Vila Olímpica,  en uno de esos edificios de viviendas que se construyeron para las Olimpiadas del 92. Eran pisos para los atletas, sus familiares, entrenadores, masajistas y el innumerable elenco de personal que los acompaña. La zona se levantó en lo que antes había sido el Somorrostro. Un barrio de chabolas y gente marginada, donde nació la bailadora Carmen Amaya, y que en la década de los sesenta demolieron coincidiendo con una vista del general Franco a la ciudad.

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Fumo en la cocina. A oscuras. Sentada frente al ventanal. A lo lejos, la torre Mapfre y el Hotel Arts. Enfrente, una explanada de piedra, con una pequeña fuente ornamental,que a estas horas está iluminada. Mientras saco el humo escucho el burbujeo del agua y espío a mis vecinos. Siempre he sido un poco voyeur. Veo a una mujer preparando la cena, a un padre dar de comer a sus hijos, a una vieja que mira la tele mientras mueve repetitivamente la cabeza hacia delante y hacia atrás , y a una señora de la limpieza —lo sé porque lleva bata blanca— que pone una lavadora. Los fumadores no hacen otra cosa que no sea fumar. Todos están solos, como yo. Ella también lo está pero no fuma. Simplemente entra en la cocina, abre la nevera y, después de unos segundos, regresa al lugar del que ha venido. No sería nada remarcable si no fuera por un pequeño detalle. La mujer en cuestión va desnuda. No lleva nada de ropa encima, ni tan siquiera unas bragas. En el poco tiempo que llevamos en el piso ya la he visto algunas veces. ¿Está buena?, me pregunta el Kalvo cuando se lo cuento. No lo sé, le respondo. Lo único que te puedo decir es que le gusta ir desnuda por la casa y que suele tener hambre alrededor de la misma hora. Desde ese día, el Kalvo me hace compañía en la cocina. Hace guardia. El tinglado, a punto. Quiere robarle una foto a la nudista. Yo le digo que se le han adelantado, hace un año la fotógrafa neoyorkina, Anne Svenson, tuvo la misma idea. De allí salieron una exposición y un montón de denuncias.

Regresar a un sitio en el que ya has estado te genera sentimientos ambivalentes. De repente, te das cuenta que no todo es igual a como tú lo recordabas. La ciudad ha cambiado. Tú, también. Antes de irme no tenía hijos. La Barcelona que conocía era la de los restaurantes, las discotecas, los cines, las salas de exposiciones y las tiendas. Ahora,he cambiado mi vieja moto por un triciclo eléctrico. Cada mañana llevo a los niños al cole, por la tarde vamos a la biblioteca y los fines de semana,a la pista de skate. Hace algunos años escribí sobre la vida en este barrio. Dije que era un lugar aburrido. Ya no lo es. Hoy he salido a correr. Al regresar a casa me he encontrado a una pareja follando. No estaban escondidos. Simplemente lo hacían en un banco de madera. Eran las ocho de la mañana. Quizás es que después de tanto tiempo viviendo en Marruecos me he vuelto  una puritana. O quizás es simplemente que me he hecho mayor. Sea como sea ha pasado el tiempo. Cinco años para ser exactos. Y han sucedido muchas cosas. Lo difícil de irse a vivir al extranjero no es el hecho de irse, lo difícil es que luego hay que volver.

Este artículo fue publicado originalmente en Nueva Revolución.

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Mujeres marroquíes opinan sobre la poligamia

Mujeres marroquíes opinan sobre la poligamia

 

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L. en el bar donde quedamos para charlar.

L. nació en Melilla hace treinta y dos años. Es española, musulmana y de origen rifeño. Tiene un bonito nombre libanés, que prefiere guardar en el anonimato, y lo primero que me dice es que la suya fue una infancia corriente. “Como la que tiene todo el mundo.” Luego se detiene, sonríe con los ojos, y añade: “Bueno, quizás no tanto. Sabía que algo en mi familia no era normal. Tenía a mi madre, a mi padre y mis hermanos. Pero luego había otra mujer y yo pensaba: “¿Esta quién es?”. También había un montón de niños que no sabía de dónde salían. Vivíamos todos juntos en la misma casa. Mis padres no me contaron nunca nada. Luego, al crecer, fui encajando el puzle. No fue fácil. Mentiría si dijera lo contrario”.

Dice L. Y yo dudo antes de hacerle la pregunta evidente. ¿Me estás hablando de poligamia? “Sí. Mi padre se casó con su primera esposa siendo muy joven. Tendría dieciocho o diecinueve años. Fue un matrimonio arreglado. Y con treinta y tantos conoció a mi madre. Se enamoraron. Él fue sincero. Le dijo que estaba casado e intentó divorciarse, pero su esposa no quería. Prefirió quedarse en la casa, cosa que como mujer no comprendo. Igual que tampoco entiendo como accedió mi madre. Me parece de las peores cosas. Sufres mucho. Te preguntas: “¿Esto qué es?” No le veo el sentido”.

La poligamia es tan antigua como la historia de la humanidad. Pueblos como los hebreos, egipcios, griegos, persas, asirios, japoneses, hindúes, rusos y germanos la practicaban. Las páginas del Antiguo y Nuevo Testamento están llenas de hombres que se casaron con más de una mujer. Abraham tuvo tres esposas. Moisés, dos. Jacob, cuatro. Y David, dieciocho. Pero el que se lleva la palma es el rey Salomón, que llegó a desposar a un total de setecientas mujeres.

En España la poligamia está prohibida; el código penal contempla hasta penas de un año de cárcel a quien la practique. A pesar de eso, se dan algunos casos aislados, mayoritariamente, en parejas de confesión musulmana. En Marruecos, por el contrario, la poligamia es legal; un hombre puede tener hasta cuatro esposas. De hecho, todos los países de mayoría musulmana, excepto Túnez, la permiten, pues la poligamia está aceptada en el Islam.

El origen de esta práctica se remonta a la época del profeta Mahoma, cuando los conflictos entre tribus y clanes eran frecuentes. Ya se sabe que las guerras dejan a muchas mujeres solas y a unos pocos hombres vivos. Entonces servía para ayudar a las que habían quedado viudas. Sin medios para mantenerse y con hijos a su cargo, era habitual que se volvieran a casar con el hermano del difunto o con algún otro familiar; la poligamia era una manera de protegerlas del desamparo.

En el Marruecos actual sólo el 0,26 % de los matrimonios registrados son polígamos, datos extraídos de Regard sur le droit de la famille dans les pays du Magrheb. De hecho, desde 2004 con la entrada en vigor del nuevo código de familia, conocido como la “Mudawana”, para que un hombre pueda tomar una segunda esposa necesita el consentimiento de la primera, probar que puede mantenerlas a ambas, y es el juez de familia quien tiene la última palabra.

Una encuesta reciente dice que el 44% de los marroquíes está a favor de la poligamia. Esta cifra es un ejemplo más de la diversidad de opiniones que hay al respecto. Y ni el mismo gobierno se escapa a la controversia. Hace un par de años dos ministros se enamoraron. Él, casado y padre de cuatro hijos, manifestó el deseo de tomar como segunda esposa a una parlamentaria divorciada. A pesar de que cumplía con todos los preceptos que manda la ley, el caso salió a la luz pública, dio alas a la oposición y ambos se vieron obligados a presentar su dimisión. La ministra, diplomada en ingeniería y profesora universitaria, declaró que quería aportar “un plus” a la vida de este hombre. “Yo le daré cosas que él necesita. Eso es todo”, declaró.

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Mujeres marroquíes en un parque de Tánger.

Durante varios días pregunto a distintas mujeres marroquíes su opinión sobre la poligamia; estas que siguen son algunas de las respuestas que me obtengo.

Hadija. Cuarenta y cuatro años. Profesora de árabe. Casada y madre de tres niños. “Yo no lo aceptaría y mi marido lo sabe. El problema es la presión social a la que están sometidas las mujeres. En nuestra cultura la mujer sólo está bien considerada en cuanto es esposa y madre. Por eso, para nosotras es tan importante el matrimonio. Muchas prefieren ser las segundas esposas a quedarse solteras, por el estatus que la sociedad otorga a las casadas.”

Malika. Treinta y cuatro años. Ayudante de cocina en un restaurante. Soltera “Yo no estoy casada, pero no es porque no quiera. El problema es que mi familia es pobre. Mis padres no pueden pagar una buena dote y así es difícil arreglar un matrimonio. En Marruecos una mujer soltera está mal vista. A mí edad, si no estás casada, la gente piensa que tienes alguna tara. A mi me gustaría casarme. Es lo que más deseo. Casarme y tener hijos. Si encuentro a un buen hombre, aunque él ya tenga esposa, no me importaría.”

Randa. Veintisiete años. Administrativa. Divorciada y madre de una niña. “Prefiero que un hombre tenga dos esposas a que se vaya de putas. Mira, para compartir a un hombre tienes que ser una buena musulmana. Si le quieres, le quieres. Aunque hay una Sura que dice que es preferible tener sólo una. Eso está en el Corán. Para mí el problema no está tanto en la religión como en la educación que recibimos. En Marruecos la gente vive por los demás, por el que dirán. La mujer sólo sirve como puta y chica de la limpieza”.

Sara. Veintiocho años. Ama de casa. Casada y madre de dos niñas. “Cuando me hice musulmana estaba en contra de la poligamia. Soy muy celosa e imaginarme a mi marido con otra mujer me enfurecía. Pero ahora, que he ido estudiando y sabiendo más cosas acerca de esta religión, he cambiado de opinión. La gente dice que el hombre debe contar con el consentimiento de la primera esposa y esto no es así. El hombre tiene libertad para casarse de nuevo, quieras tú o no quieras, porque es un derecho que le ha dado Allah y una mujer no debe negarse a un derecho otorgado por Dios”.

La realidad es, que a día de hoy, la poligamia sigue generando controversia en la sociedad marroquí. Por un lado, están los sectores más conservadores, que la defienden en nombre del Islam. Por el otro, los más reformistas y las asociaciones de mujeres, que piden su prohibición porque creen que pisotea sus derechos.

Conozco a una chica española que se enamoró de un hombre marroquí. La llamaremos I. Decidió casarse y hacerlo por el rito musulmán. Para lo cual se convirtió al Islam. Adoptó otro nombre, dejó de comer cerdo y desde entonces respeta el Ramadán. Los primeros años todo iba bien. La pareja tuvo una una niña y eran un matrimonio feliz. Pero él deseaba un hijo varón y por más que lo intentaron ella no lograba quedarse embarazada. Las pasadas navidades viajaron a España de vacaciones y él regreso antes “por trabajo”. Cuando I. volvió a su casa recibió un mensaje que la dejó atónita: “Tu marido se ha vuelto a casar”. Sobre cómo su esposo pudo tomar otra mujer si la ley establece que precisa de su consentimiento, I. no se pronuncia. Después de llorar, dejar de comer, maldecir y escupir… ¿Qué opción le queda? La ley marroquí establece que en caso de divorcio, la custodia de los hijos menores pertenece al marido. Si I. se separa se librará de él pero perderá también a su hija. Y ella decide no hacerlo.

Desde que me contó esto, que no la he vuelto a ver. Hace poco una amiga común me dijo que se la había encontrado. I. salía de un coche, uno de estos vehículos de alta gama que circulan por Tánger, donde los ricos son muy ricos y los pobres, muy pobres. Con ella iba un hombre de mediana edad. Su marido. I., ataviada con un precioso caftán morado y unos tacones de infarto, caminaba del brazo de su hija. A la izquierda de él, la segunda esposa, también muy arreglada y cargando a un bebé en brazos. La familia al completo se dirigía a una boda. Él, sonriendo satisfecho, llamó a mi amiga, que iba con su marido, y muy ufano les dijo: “¿Habéis visto que bien acompañado voy?”.

“Él, parecía un pavo real —dice mi amiga— pero los ojos de ella eran la viva imagen de la tristeza.”

*Este artículo fue publicado originalmente en Broadly.

 

 

 

 

 

 

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“Una vez jugando me propusieron matrimonio”

“Una vez jugando me propusieron matrimonio”

 

Son las tres de la mañana de un martes en el casino de A Coruña. Una chica está jugando la que puede ser la partida de su vida. Lleva más de doce horas en la misma silla, pero nada en su aspecto deja entrever cansancio. Su cara es de concentración. La  mirada, perdida. Su contrincante toma un sorbo de Coca-Cola. Ella permanece impertérrita. Sólo se le mueven las pestañas y los dedos de la mano derecha, que masajean sin parar un par de fichas. La crupier reparte las cinco últimas cartas. La tensión en la mesa es intensa. Y ahora sí, ella se levanta de la silla. No grita pero el bufido que sale de su boca lo dice todo. Esta joven desconocida acaba de proclamarse ganadora del Campeonato Nacional de Póquer; es la tercera mujer en conseguirlo. Tiene veinticinco años y se llama Laura.

laura
Laura en la mesa de juego.

“Mis padres no sabían dónde estaba. Ellos no querían que jugara. Llevaba un tiempo haciéndolo a escondidas. Ese día me habían sacado el móvil, retransmitían en directo la partida, lo hacen para que no te puedan decir las cartas. Cuando terminé, lo encendí y vi que tenía un mensaje de mi hermana. La llamé y ellos se pusieron al teléfono. No se habían movido de delante de la pantalla en toda la noche. Me pidieron perdón y acabamos los tres llorando. Ahora mi madre es mi fan número uno”.

Laura me dice que ese día de julio de 2014 cambió su vida. Que hubo un antes y un después de esta jugada y la pregunta que sigue es evidente. ¿Cómo acaba una chica licenciada en psicología, que trabaja de comercial, convirtiéndose en una de las mejores jugadoras de póquer a nivel nacional?

“A los nueve años empecé a jugar al ajedrez y lo seguí haciendo durante los diez años siguientes, hasta que me di cuenta que no era buena. Me saqué el título de arbitro y me pase a la organización. Entre semana trabajaba y los fines de semana me los pasaba de torneo en torneo. Un día yendo de camino a uno vi que se celebraba un campeonato de póquer en el Casino de Barcelona. Me pasé los nueve días restantes curioseando por las mesas, con la intención de aprender un poco las reglas y jugar el último día. Quedé tercera. Y ya lo dicen, si la primera vez que juegas ganas, te enganchas; y yo me enganché”.

—¿Qué es para ti el póquer?

—A día de hoy es mi forma de ganarme la vida. Cuando empecé a jugar vi que despertaba algo dentro de mí, sentía la adrenalina. Venía del mundo del ajedrez, donde ganas o pierdes. El póquer es diferente. Ahora, simplemente me siento en la mesa y estoy cómoda; en mi salsa. El póquer es mi trabajo pero también es mi vida. En la mesa sigo siendo aquella niña pequeña que se emocionaba jugando una mano.

Esta catalana, hija de una pintora y un comercial, empezó a trabajar con dieciséis años. “Mi padre me dijo que si quería estudiar tenía que pagármelo yo. Así que me saqué la carrera a distancia”. Pero Laura nunca ejerció de psicóloga, empezó a trabajar con su padre, que pronto iba a jubilarse y que pensaba en legarle el puesto en la empresa. Pero llegó la crisis y a ella la despidieron. Fue entonces, después de unos años jugando por hobby, cuando decidió probar suerte como profesional. “Cuando se lo dije a mis padres no querían ni oír hablar del tema. Que no, que ni hablar, decían. Querían que hiciera algo de provecho. Era la única hija que había estudiado, tenían sus esperanzas puestas en mí. Pero yo me dije: “Es ahora o nunca”. Y aquí estoy”.

Laura no quiere hablar de cifras. Buscando por internet encuentro que ese día que cambió su vida también aumentó su cuenta corriente. Ganó quince mil euros en menos de doce horas.

“Es una vida muy dura. La gente idealiza el mundo del póquer, se piensa que es como en las películas. Puros, whisky y ludópatas. Pero hay gente muy joven, que se toma esto muy en serio. Estudian y trabajo duro. Los horarios son agotadores. Doce horas jugando se dice rápido. Tus ingresos no son fijos. Tienes meses buenos y otros, malos. Has de saber organizarte. No tienes vida social. Viajas mucho. El próximo mes voy a estar en casa sólo seis días. Es una vida dura pero no la cambiaria por nada del mundo”.

La joven que charla conmigo es muy distinta de aquella otra que jugó esa partida en 2014. Y no es sólo porque habla con desparpajo, sonríe a cada rato y gesticula sin parar. Esta Laura ya no lleva gafas y pesa veinte kilos menos. Su aspecto físico ha cambiado pero Laura sigue vistiendo completamente de negro y luciendo un gran escote — a veces, mientras ella habla, me sorprendo mirándole la delantera—. No lleva maquillaje. Tampoco, joyas. Ni anillos, ni collares ni pendientes. Sus únicos adornos, un piercieng en la lengua y cuatro pulseras de plástico en la muñeca izquierda. “Son de torneos en los que he participado. Soy así, un poco friki. He llegado a llevar hasta trece, pero como se metían conmigo, hace unos días le dije a un amigo: “Te doy el honor de cortármelas”. Pero mira, ya vuelvo a tener estas cuatro”.

—¿Cómo es la rutina de un jugador de póquer?

—Cuando vuelvo a casa de un torneo me paso un día entero durmiendo. Necesito recuperarme. El resto del tiempo me pongo el despertador a eso de las once y lo primero que hago es sacar a mi perrita. Intento hacer algo de bicicleta. Me compré una estática y la tengo en casa porque con estos horarios cualquiera se apunta a un gimnasio. Y poco más.  Como, me ducho y me voy para el casino. Juego entre cinco y seis horas diarias.

 —¿Y on-line?

—No me gusta. Para mí lo mejor del póquer es la gente. Soy muy extrovertida, hablo con todo el mundo. Yo en casa, sola delante del ordenador, me aburro. Acabo tirada en el sofá, viendo cualquier chorrada en la tele o, simplemente, dormida.

Es una pregunta tópica pero hay que hacerla. ¿Es el póquer un mundo de hombres? “Totalmente. En Barcelona soy la única jugadora en la mesa. En los torneos de cada cien jugadores, sólo tres son chicas. Yo no me siento diferente por ser mujer pero a veces lo noto, hay quien te mira con cara de: “¡Una tía jugando al póquer!” Piensan que eres más débil. No creo que sea machismo, yo lo adjudico más a los estereotipos que todavía perduran en nuestra sociedad. Después, se llevan sorpresas, claro”.

—¿Tienes alguna manía antes de jugar?

—No soy supersticiosa. No tengo ningún ritual. No uso gafas. Auriculares, sí, pero es para evitar que me den el coñazo. Algunos aprovechan las pausas para ligar —ríe—. Una vez jugando me propusieron matrimonio. Muchas de las cosas que la gente ve como paranormales son, básicamente, psicológicas. Hay quien dice: “Yo siempre pierdo con ases”. No es verdad. Pero es que la mente humana tiene memoria selectiva. Si dos veces has perdido teniendo ases, piensas que los ases te dan mala suerte y eso no es así. En el póquer hay un 20% de suerte, pero el 80% restante es habilidad. Una persona puede ganar un par de veces. La suerte del principiante, que dicen. Pero alguien que juegue bien, a la larga ganará. Saber de matemáticas ayuda, pero creo que lo que marca la diferencia es la personalidad. Saber aguantar la tensión, tener la mente fría, gestionar el estrés, saber cuando parar… Ahí esta la diferencia entre un buen y un mal jugador.

No quiero despedirme sin antes hacerle una última pregunta. ¿Hasta cuándo? “Me gustaría pensar que este es un sueño que no va a terminar nunca, pero luego pienso: “¿Me veo con cincuenta años jugando?”. Me gustaría tener hijos, una familia, y con estos horarios… De momento me va bien, me gusta lo que hago, así que no me lo planteo”.

Este artículo fue publicado originalmente en Nueva Revolución.

 

 

 

 

 

 

 

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(Sobre)viviendo al Ramadán

(Sobre)viviendo al Ramadán

Atardecer
Atardecer en Tánger; momento del F’tor.

Empieza el Ramadán. Y, una vez más, los informativos y periódicos contarán, exactamente, lo mismo que el año anterior. Así que no seré yo quien explique la historia del marroquí que trabaja en la construcción de sol a sol y no puede beber agua. Éste no un texto informativo, ni objetivo ni de actualidad. Lo que relato a continuación es sólo mi experiencia personal, después de cinco años en Marruecos (sobre)viviendo al Ramadán.

La fecha de inicio del Ramadán —como la de cualquier otra festividad religiosa— no es fija. Varía de un año a otro porque los musulmanes, a diferencia de nosotros, se rigen por el calendario lunar. Y aunque llevo un lustro viviendo en Tánger, es algo a lo que no logro acostumbrarme. De nada sirve guiarse por el calendario para saber cuándo empieza; el avistamiento de la luna es cosa de los imanes —cada país designa a los suyos—. Y estos no pueden recurrir ni a la ayuda mecánica ni al cálculo matemático. Así, que depende de varios factores: la orografía de la zona, las condiciones atmosféricas, la contaminación o la simple agudeza de los observadores. Conclusión: hay un margen de error de un par de días. Y entonces, pasa lo de siempre, que te tiras una puñetera semana escuchando el mismo rollo. “Será el lunes”, dice uno. “No, empezará el martes”, contesta el otro. Y la realidad es que no te enteras de cuándo empieza hasta que ya ha empezado. Como me pasó el primer año, que llevé a Terremoto a la guardería, pero con motivo del Ramadán habían cambiado el horario y tuve que volverme a casa con el niño.

Los días previos, el nerviosismo se apodera de la calle y altera el ánimo de la gente. Andamos todos medio locos. Como si en lugar de empezar el Ramadán, nos estuviéramos preparando para una  amenaza nuclear. Como el ayuno es obligado desde que sale el sol hasta que se pone, el mercado, el súper, la pescadería y la panadería cambian el horario de atención al público y abren por la tarde. No queda otra que ser previsor, vaya a ser que te quedes sin aceite para la comida o sin detergente para la lavadora. En las empresas, cambian los horarios. También en los gimnasios, que abren por la noche. Las discotecas y las tiendas que venden alcohol cierran. El resto de negocios, a pesar de estar abiertos, cuentan con unos trabajadores somnolientos y agotados, poco dispuestos a llevar a cabos su tarea, sea cual sea. El Kalvo me cuenta que en la fábrica de Renault donde él trabaja hay operarios durmiendo en todos los rincones. Durante un mes entero vivimos en un país aletargado; que funciona a medio gas.

Las compañías aéreas y los ferris cuelgan el cartel de “no hay billetes”. Porque en Ramadán los extranjeros que residen en Marruecos huyen en estampida. Y no sólo ellos. Gran parte de los marroquíes que tienen pasta —para variar, no hay estadísticas— abandonan sus hogares durante este mes. Su destino preferido, el otro lado del Estrecho. Y aunque Marbella se lleva la palma, sirve cualquier lugar. Siempre y cuando nadie los conozca y puedan seguir haciendo vida normal.

La esencia Ramadán es el ayuno. Durante los treinta días que dura los musulmanes no pueden comer, beber, fumar, follar ni escuchar música durante el día. La primera comida —el F’tor—, la hacen cuando se pone el sol. Pero desde hace un par de días, en Marruecos, el sol se pone más pronto. Porque, antes de que comience se adelanta el reloj. Así que mientras en España hay sol hasta las nueve de la noche, aquí son las siete y nos sentamos a cenar.

Una vez le pregunté a mi profesora de árabe por qué hacía ella el Ramadán. Ya se lo había preguntado a varias personas pero ninguna me supo dar una respuesta más allá de que lo mandaba su religión. Nabila me dio cuatro motivos por los que ella —y por extensión todos los musulmanes— hacen el Ramadán. El primero, que es uno de los cinco pilares del Islam. El segundo, que hacerlo fortalece la voluntad de las personas. La tercera razón que me dio es que sirve para ponerse en la piel del que no tiene nada y así entender su sufrimiento. Y la cuarta: “ porque científicamente —y uso este término— ayunar purifica el cuerpo”.

Tengo un vecino que habla mucho. También es médico. Cada año intenta convencerme para que haga el Ramadán. “Ya eres medio marroquí”, me suelta cuando me lo cruzo por las escaleras. Yo le contesto siempre lo mismo, que soy de naturaleza débil. El otro día coincidimos en el ascensor. Y después de soltarme el mismo rollo, me dijo dos cosas. La primera, que sabía un truco infalible para llevar bien lo del ayuno. Cuando le pregunté cuál era, respondió: “La fe”, que no es precisamente algo de lo que yo pueda echar mano fácilmente. Lo segundo que dijo, casi como si fuera un secreto, fue: “El Ramadán fortalece el espíritu pero perjudica seriamente la salud”. Eso dijo. Porque al contrario de los ayunos que hace mi padre —que no es musulmán pero siempre ha sido un poco frikie—, el Ramadán no elimina la ingesta de alimentos; simplemente cambia el horario de las comidas. Todo lo que está prohibido hacer mientras brilla el sol, se hace cuando aparece la luna. Y se hace hasta la extenuación.

Durante un mes entero los marroquíes no duermen por la noche. Y yo, tampoco. Mis vecinos se acuestan a las cinco de la madrugada, que es cuando les está permitido comer por última vez. Hasta entonces lo normal es que pongan la tele a todo volumen. Otra cosa que les gusta hacer a mis vecinos, sobretodo a los jóvenes, es subir a la terraza a tocar música. Y como yo vivo en el ático, tengo serenata hasta que sale el sol. No sólo eso. Al alto volumen de la caja tonta y los cánticos desafinados hay que sumarle, los ruidos de la calle. Porque durante las noches de Ramadán, los jóvenes se divierten como pueden. Es decir, con los coches y las motos. Los primeros se pasean por las calles tocando la bocina como si tuvieran párkinson. Y las segundas quemando rueda al más puro estilo de Los Ángeles del Infierno. Si cierro las ventanas, me aso de calor, así que lo normal es que me pase el rato dando vueltas en la cama mientras voy soltando tacos. Y así, cada puta noche durante treinta noches seguidas. Y de regalo, al día siguiente, me toca limpiar la terraza porque me la han dejado hecha un asco. Cascaras de pipas, migas de pan, colillas de tabaco, tarrinas de helado, cucharillas de plástico, latas de refresco y tachas de porros. Muchos porros. Por todas partes, restos de porros.

Viejo tienda
Una parada de fruta reconvertida en tienda de dátiles y dulces con ocasión del Ramadán.

Estas son algunas de las cosas que suceden por la noche. Por las mañanas, la ciudad parece The Walking Dead. Apenas circulan coches y es raro cruzarse a alguien por la calle. Ya me he acostumbrado a tener la despensa llena y a comprar el pan de un día para otro, pero lo que más me jode es no poder ir a tomar café. Las cafeterías y los restaurantes echan la persiana. Los únicos establecimientos abiertos son los hoteles. Así, que cada día voy a uno distinto y, como soy imbécil, pago un dineral por un café aguado que no sabe a nada.

El primer año, el Ramadán cayó en agosto. Nosotros acabábamos de llegar de Barcelona y nos estábamos instalando en el piso. Una mañana, mi vecino —el que habla no, otro que tiene un callo morado en la frente; señal inequívoca de quien reza con furor cinco veces al día—, subió a casa gritando y aporreando la puerta. El Kalvo la abrió angustiado, temiéndose lo peor. Un incendio, un atentado, qué se yo. “Te voy a matar” Le amenazó el tipo en un perfecto español —porque había vivido muchos años en Madrid—. “A mí me da igual ir a la cárcel, soy viejo, pero tú saldrás perdiendo. Eres joven, tienes toda la vida por delante”. Mi marido —que a diferencia de la autora— es educado y buena persona, se disculpó hasta quedar afónico. El delito que había cometido: utilizar el taladro para colgar un cuadro; eran las once y medía de la mañana. De hecho, había un cartel en el ascensor pidiendo silencio a los vecinos hasta las doce, pero como estaba escrito en árabe no nos habíamos enterado.

En teoría, durante el Ramadán el buen musulmán debe vestir recatadamente, dar limosna a los pobres, evitar las discusiones y las miradas lujuriosas. En la práctica, es durante está época cuando más agitada, malhumorada y irritable está la gente. Cosa que por otro lado, me parece de lo más normal. Duermen poco, están cansados, tienen hambre y pasan sed, hace un calor de perros y, encima, no pueden fumar. Normal que las peleas callejeras estén a la orden del día. Porque como me dijo un amigo marroquí: “Durante el Ramadán aumenta la religiosidad de la gente, al mismo tiempo que su agresividad”.

Tengo otro amigo marroquí que, cuando vamos a la playa y es la hora de comer, se sienta solo en un rincón y espera a que terminemos. Eso sí, en cuanto se mete en el coche, lo primero que hace es zamparse las galletas Príncipe de sus hijos a puñados. Él es musulmán no practicante, pero la presión social por mantener las tradiciones es muy fuerte. Todos los musulmanes están obligados a respetar el Ramadán. Sólo los enfermos, las embarazadas, la gente mayor o las personas que están de viaje, pueden saltárselo. El resto, incluso los indigentes, ayunan. No hacerlo está penado con seis meses de cárcel. Hace un par de años en un periódico local contaron como le habían dado una la paliza a un señor en Fez por beber agua de una fuente. Después de pegarle, la turba enfurecida lo arrastró a la comisaría. Allí, los agentes lo encerraron en el calabozo. La familia sólo pudo sacarlo después de presentar el certificado médico; el pobre hombre era diabético.

Incluso los extranjeros tenemos que andarnos con ojo. La escena más frecuente es esta: Sales a la calle, el termómetro marca treinta y cinco grados, no sopla el aire, caminas por una cuesta empinada, empiezas a sudar como un cerda y no puedes beber aunque lleves una botella de agua metida en el bolso. No es únicamente por consideración hacia el prójimo, se trata de tu seguridad. Mi marido me cuenta que en la fábrica de Renault hay un tipo francés, que al mediodía se encierra en el despacho con un tupper, baja las persianas y come a la velocidad de la luz.

El año pasado me tocó acompañar a Terremoto a una fiesta de cumpleaños. La hora estaba puesta a mala leche; la una del mediodía. Además de no poder ir con mi marido —porque las fiestas infantiles son sólo para mujeres—, como era Ramadán,  sacaron únicamente comida para los niños. Y a mí no me ofrecieron ni agua. Siempre me han fastidiado las normas y desde que tengo uso de razón he sido un poco temeraria, así que, de vez en cuando, —más para distraerme que otra cosa—, salía a la calle a fumar. A escondidas. Dentro del coche. Me sentaba en el asiento trasero —que tiene los cristales ahumados— y daba cuatro caladas nerviosas sin dejar de mirar ni un segundo por el retrovisor. En esos momentos me sentía intrépida, valiente, una mujer con ovarios. Después, una completa idiota porque  cuando terminó la fiesta y regresé a casa, tenía la boca como un estropajo.

Pero no todo en Ramadán es malo. Pasear por la ciudad, cuando todo el mundo está en casa tomando el F’tor es una gozada. Sólo estás tú, el cielo y el graznido de los pájaros. Es una sensación extraña e indescriptible. Algunas veces vamos, con el Kalvo y los niños, a uno de esos restaurantes populares. Las mesas, repletas. Los platos, listos. Y la gente, cuchara en mano, esperando la señal. En cuanto suena la sirena, nos abalanzamos todos sobre la comida, como si fuera la última cena. Y, de repente, aparece la magia. La ciudad se convierte un hormiguero humano. Hay gente por todas partes. En el paseo marítimo, montan atracciones para los niños, mientras vendedores ambulantes gritan su mercancía. Helados. Frutos secos. Globos de colores. Muñecos. Los parques infantiles se llenan de gritos. Los adolescentes ocupan las pistas de futbol. Las tiendas abren hasta la madrugada y, muchas, cambian su contenido. Dónde antes había sandías y melones, ahora hay dátiles y dulces. El ayuntamiento adorna las calles con luces de colores, como las que ponemos nosotros en navidad. Todo el mundo parece feliz y contento.

Aunque si tuviera que escoger una sola cosa, sin dudarlo, elegiría la playa. En Marruecos hay playas preciosas y en Ramadán están vacías. Disfrutar del sol, el mar, y hacerlo en una playa donde estás tú solo se asemeja bastante a la idea que tengo del paraíso. Cuando termine el mes de junio y Tánger se llene con los marroquíes que residen en Europa y vuelven a casa por vacaciones. Cuando en la playa no quede un centímetro de arena libre. Cuando haya cola en los buenos restaurantes. Cuando para recorrer dos cientos metros en coche tarde más de veinte minutos, voy a acordarme de los días bucólicos del Ramadán y a lamentar que no haya durado todo el verano.

Este texto fue publicado originalmente en NuevaRevolución.

 

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Perdida en Nueva York

Perdida en Nueva York

Estas son algunas de las cosas que apunté en mi libreta. Esa que siempre llevo en el bolso y que contiene un sinfín de notas garabateadas con prisa, números de teléfono que nunca paso a la agenda, libros que quiero leer, pensamientos que me vienen cuando no puedo dormir, ideas para escribir que jamás llevaré a cabo, y otras tonterías que me pasan por la cabeza.

Martes

El avión aterriza en el aeropuerto JFK de Nueva York a la hora prevista, las dos del mediodía. Después de desesperar ante la cola de inmigración y pasar los infinitos controles de policía. ¿Por qué ha venido usted a éste país? ¿Cuánto tiempo piensa quedarse? ¿Cuáles son sus planes? ¿Lleva algún arma en la maleta? El Kalvo, los niños y yo nos metemos en un taxi, que conduce un hindú malhumorado, y nos dirigimos al hotel. Es la primera vez que hacemos un viaje tan largo con los niños y aunque hemos leído que éste es un destino ideal para ir en familia, no las tenemos todas con nosotros.

Taxi
Un taxi solitario, NY.

Miércoles

Retazos de una conversación a oscuras:

—En esta habitación hace frío ¿es que no hay calefacción? —le digo al Kalvo, mientras me coloco una sudadera y ni así consigo entrar en calor.

—No  —contesta.

—¿Cómo lo sabes?

—Acabo de ver un cartel en el ascensor.

—¿Y se puede saber qué cojones pone?

—Que como ha llegado la primavera han parado la calefacción y han puesto en marcha el aire acondicionado.

Jueves

Nueva York está llena de homeless. Hombres, en su mayoría, pero también algunas mujeres. Te los cruzas en el metro, refugiándose del frío. Te los encuentras en el McDonald’s o el Starbucks, intentando usar el baño. Aunque no es fácil porque para evitar que eso suceda, el acceso al servicio sólo funciona con un código que  te dan con el tíquet de compra. Los ves por la calle, arrastrando carritos repletos de cachivaches. O simplemente pidiendo dinero a los transeúntes, que pasan a su lado como si fueran invisibles. Muchos hablan solos, algunos recogen colillas y todos tienen la mirada extraviada. También todos huelen a pis. Y en eso no se diferencia mucho de Marruecos. La imagen de soledad, abandono y deterioro mental de las personas que viven en la calle es exactamente la misma en ambas ciudades. Aunque según he leído por ahí, Estados Unidos es una potencia mundial y Marruecos un país en vías de desarrollo.

Metro
Una vagabunda en el metro de NY, con una bolsa de basura en la cabeza.

Viernes

La chica que limpia las habitaciones en el hotel es dominicana. El botones, filipino. El dependiente de la tienda de la esquina, esa que abre veinticuatro horas, es mejicano. La cartera, negra, igual que el operario del metro y los barrenderos. Los taxistas son hindúes o paquistaníes. Las chicas que cuidan a los niños bien y los llevan por la tarde a Central Park, asiáticas.

Sabe el migrante que para él no hay escapatoria, que su destino está escrito, pero todo sacrificio es poco para que los hijos tengan un futuro menos crudo y los nietos, un camino igual al resto. Pero ¿lo tendrán?

La autora
Escribiendo en la cama del hotel. La foto es de mi hija

Sábado

No puedo dormir. Abro la autobiografía de Oliver Sacks y leo un rato. Pero no logro concentrarme. Nuestra habitación tiene una puerta que comunica con otra estancia. Por el resquicio entra un fuerte olor a marihuana —y eso que en el hotel está terminantemente prohibido fumar—. Poco me falta para levantarme de la cama, dar unos golpecitos y pedirle a los osados vecinos que me inviten a unas caladas. No lo hago; me estoy haciendo vieja.

Domingo

Prohibido fumar en un banco de la calle. Prohibido peinarse en el metro, que según informa un cartel no es un baño público. Prohibido ir en bici por la acera. Prohibido usar vasos de cristal en la playa. Prohibido que un hombre solo entre en un parque infantil. Y así ad infinitum.

Viniendo de un país, donde los transeúntes no respetan los semáforos, los coches adelantan por la derecha, la gente pasa olímpicamente de hacer cola, tira los papeles al suelo y fuma en los restaurantes, se agradece un poco de orden. Lo que sucede es que a mí, con tanta prohibición, me entra mala hostia. Y sí, reconozco que está más limpio y mejor organizado, pero es todo tan aburrido, que me sorprendo a  mi misma echando de menos Tánger. El ruido, la gente, las bocinas de los coches.. esa alegría del que no tiene nada y disfruta con muy poco, que es a la fin y al cabo la chispa de la vida.

Lunes

Llueve todo el día. Compro un paraguas y arrastro a Terremoto hasta la otra punta de la ciudad. Ayer me crucé con una chica por la calle y vi que llevaba una cosa que me gustaba. La paré, le pregunté de dónde la había sacado y ahora estoy en el mismo lugar. El primer año de universidad me puse un pendiente en la nariz. Es la primera vez que me lo quito. Me invade una sensación de tristeza y excitación al mismo tiempo. Por la noche, como recompensa, lo llevo al cine a ver El libro de la Selva en 3D.

Write
Un cartel publicitario en un buzón de Brookylin.

Martes

No podía decirlo. Con toda la gente puteada que hay, no estaba la cosa como para ir gritando que no quería ir a Nueva York. Pero es la verdad, no me apetecía lo más mínimo. Nunca he sentido predilección por la ciudad, quizás porque viví muchos años en una. Cuando no teníamos hijos, el Kalvo y yo siempre íbamos de vacaciones a  la playa.  Puedo pasarme horas tirada sin hacer nada más que leer, y soy la mujer más feliz del mundo. Yo no quería ir a Nueva York y sin embargo me he enamorado de Brooklyn.

Miércoles

En el viaje de regreso no consigo pegar ojo. Leo, intento escribir, miro un rato la película que echan en el avión, pero el sueño no me vence. Siete horas después de haber salido llegamos a Barcelona. ¿Y hoy qué haremos?, preguntan los niños al despertarse. Porque ellos sí que han dormido y tienen la misma energía de siempre. Me cago en su puta madre. Cuando llegamos a casa de mis suegros, ella está esperándonos en la puerta. Vete a dormir, dice, que ya me ocupo yo. Ni el mejor concierto me hubiera sonado mejor.

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¿Tú sabes quién es Cervantes?

¿Tú sabes quién es Cervantes?

 

PAQUITA

El despertador está puesto a las siete de la mañana “por si acaso”, aunque raras veces suena. Ella se despierta siempre antes. Son ya muchos años levantándose a la misma hora. La rutina no varía. Ducha. Dientes. Cabello. “Todo lo hago deprisa y corriendo. El trabajo me ha hecho ser así”. Hoy abre el armario y coge un pantalón de tela azul marino y un jersey de color beige. El cielo está nublado, sopla un viento fuerte y el pronóstico del tiempo ha anunciado una bajada de las temperaturas, así que en el último momento decide coger un pañuelo; y se lo anuda al cuello. Si tiene tiempo se preparará un té con limón. Si se le hace tarde —cosa que ocurre pocas veces— se lo tomará en la oficina. Dos calles hacia el sur, tres minutos andando y estará en otro mundo. Un pedacito de España en suelo marroquí.

Lo primero que hace al llegar al trabajo es abrir el ordenador. En un día normal puede recibir una media de veinte correos. Contesta los que precisan respuesta y luego se pone a repasar carpetas. Alguien abre la puerta. Es Enrique, el director.

—¿Cómo va lo de la exposición?

—Ya tenemos a los cuatro confirmados.

—¿Y lo de la música?

—También.

—Eso va a estar muy bien. A Omar lo escuché tocar en el Consulado y es fantástico.

Entonces Enrique se percata de mi presencia y dirigiéndose a la intrusa comenta.

—Paquita es la decana.

—La más vieja—. Añade ella entre risas.

—Yo no he dicho eso. Yo he dicho la decana. La más antigua, la que lleva más años aquí. Treinta, que no son pocos.

Paquita empezó a trabajar en el año 1985. Entonces, el único personal que había era el director, su esposa, el conserje, la chica de la limpieza y ella. “Tenía treinta años. Pero los treinta de entonces son como los quince de ahora. Yo era una niña muy tímida, y todo me parecía tan antiguo…”. Treinta años y doce directores después, el volumen de trabajo se ha multiplicado. “Si no me hubiera dedicado a esto quizás me habría gustado ser peluquera —bromea. —Seguro que no estaría tan estresada”.

Foto campo
Una familia tangerina en una jornada de campo. Colección Fotográfica de Antonio Ramírez. Biblioteca Juan Goytisolo.

El Instituto Cervantes de Tánger organiza una media de cinco actividades culturales cada mes y Paquita es la mujer que está detrás de todas ellas. “Como no hay gestor cultural lo hago todo yo, desde contactar con un conferenciante o un grupo de música hasta cuadrar las fechas del evento. Mira:  (Y al decirlo, se pone de pie y me muestra una a una las carpetas que tiene sobre la mesa.)

Paquita nació en Tánger, la misma ciudad donde se casó y donde crecieron sus hijos. “La historia de mi familia es una historia bonita y trágica a la vez”. Empieza con su abuelo, que dejó a la mujer y los hijos en Marbella para ir a buscar trabajo a Gibraltar. “Pero cerraron el paso. Fue cuando la guerra civil.” Entonces él se las ingenió —no se sabe muy bien cómo— para que pudieran reunirse. “Mi padre tendría unos once años y siempre lo cuenta. Durmieron dos noches escondidos debajo de una barca hasta que lograron salir para Marruecos. Mi madre ya nació aquí”. Paquita me cuenta que estuvo tres años viviendo en España, mientras estudiaba, pero ya había conocido Marruecos al que sería su marido y por eso decidió volver. “Éste es un país estupendo. A mi me gusta mucho España pero cuando voy allí me siento un poco rara. A los tangerinos nos pasa un poco eso, no somos ni de aquí ni de allí”.

En el despacho, un gran ventanal. Y como decoración, un ficus, una alfombra y tres cuadros en la pared. El resto, montañas de documentos, notas, dosieres, carpetas y folletos. “Soy muy ordenada. Aunque no lo parezca. Pero es que siempre voy corriendo, con el teléfono pegado a la oreja y necesito tener los datos importantes siempre a mano. Mira: (Y Paquita vuelve a levantarse. Y se coloca frente a una pared. Y me muestra una larga serpiente de papel.) Este cuadro infinito lo he hecho porque pronto llegará una becaria y quiero que sepa todo lo que hay que tener en cuenta, según la actividad. Recibir películas, pedir el visado al comité de cine marroquí, la publicidad en prensa, cuadrar los días, encargar las flores, supervisar el equipo de sonido, las invitaciones…”. La lista es interminable. “Una vez vinieron los de la Fura dels Baus. Traían un barco donde se hacía el espectáculo. Y claro, había que atracar en el puerto. Llevaban materiales muy extraños. Había que pasar los controles de Aduana… Lo recuerdo como un terror. En el espectáculo había un momento en que echaban agua al público. Ellos que iban medio desnudos, con todas las autoridades allí dentro, toda la prensa… fue algo tremendo. Organizarlo y llevarlo a cabo fue una proeza del Instituto”.

TODA UNA INSTITUCIÓN

El Instituto Cervantes se creó en 1991 con el objetivo de promocionar la cultura y la lengua españolas. Actualmente cuenta con más de noventa centros repartidos por el mundo. Sólo en Tánger este curso se han matriculado dos mil alumnos. A pesar de ello, el autor del Quijote sigue siendo un gran desconocido. “Todo el mundo conoce el libro pero ¿Quién lo ha leído? —me pregunta Roberto— ¿Qué sabe la gente de su autor? Cervantes tuvo una vida novelesca. Con ella se podría hacer una serie de televisión”. Y yo anoto en mi libreta: Mirar biografía de Miguel Cervantes de Saavedra.

Roberto viaja por el globo enseñando nuestro idioma. Este valenciano, licenciado en filología española y catalana, ha estado en El Cairo y Tetuán. Ahora, además de dar clases, coordina el trabajo de los profesores que hay en Tánger. Roberto es el jefe de estudios. “Éste es mi último año aquí, después iré a otro destino. Todavía no sé dónde. Forma parte del trabajo. Si haces planes surge la ansiedad, así que es mejor no hacerlos”.

Roberto acabó en esto por casualidad, dice. Cuando todavía era un estudiante y empezó a colaborar con una ONG dando clases de español. “Entonces no había tantos manuales como hay ahora. Daba clases pero sin ninguna referencia y un día me di cuenta: Pero si me lo estoy pasando bien. ¿Al igual hay gente a la que le pagan por hacer esto? Y a mí me gusta”. La pregunta es evidente. ¿Por qué? “Me gusta hacer algo útil. Percibir que alguien que ha empezado contigo desde cero, después de sesenta horas, ya es capaz de expresarse. Además, dar clases tiene algo de… no sé… es creativo. Si tú eres médico y eres creativo, te puedes cargar al paciente pero en una clase si le dedicas tiempo, si te lo curras, el resultado puede ser muy positivo. Yo he tenido varios alumnos ágrafos, que no sabían leer ni escribir, y han acabado con un buen nivel de español. Oral y escrito. Y dices: ¿Cómo puede ser? Pues de esos hay muchos”.

19:07 p.m. de una tarde cualquiera

En el aula hay tres personas más la profesora. Una mujer de mediana edad, que viste una blusa abrochada hasta el último botón, una adolescente de mirada tímida y un chaval de unos veinte tantos, que sólo empezar la clase me ofrece servicial compartir el libro de texto.

—El último día estuvimos hablando de las relaciones de relativo —empieza la profesora—. ¿Os acordáis? A ver Ismael, ¿Con qué idea te has quedado?

Ismael se sabe la lección y responde tranquilo. Mientras lo hace una chica abre la puerta. Viste tejanos ajustados y una camiseta ceñida. No es la única en llegar tarde, minutos después lo hará una segunda y al cabo de un rato un hombre de mediana edad. Pelo canoso, maletín en mano y buenos modales.

—¿Cómo estás? —le pregunta la profesora al último en incorporarse.

—Mucho trabajo. Tenemos nuevo director.

—Bueno, ahora que ya estamos todos, abrimos el libro por la página cien. Tenemos un texto sobre Adolfo Domínguez y vamos a ir completándolo. ¿Alguien sabe quién es este señor?

Saloua —voz dulce, aritos de oro en las orejas y una pronunciación que de tan perfecta te hace dudar de su origen— habla del diseñador y de su lucha contra el uso de pieles en la moda. En la clase se desata un encendido debate sobre los derechos de los animales.

—En España existe la tauromaquia, que es un espectáculo para que la gente se divierta mientras sufre el animal. Eso no está bien—. Dice el señor del pelo canoso.

—Pero es un elemento de su cultura—. Añade la chica de los tejanos ajustados.

—¿Y qué pasa con los corderos que nosotros matamos para El Aid? —Pregunta la joven morena del pañuelo en la cabeza.

“Muchas veces el conocimiento de la cultura española es indirecto, a través de la televisión. Y es un poco lo mismo que pasa con los Estados Unidos en todo el mundo. La gente no ha ido allí pero a través de su cine la persona se hace una imagen del país y quizás esa imagen no se ajusta del todo a la realidad”. Dice Roberto y luego añade: “Los marroquíes y los españoles nos parecemos más de lo que pensamos. Tenemos lenguas muy diferentes, sin embargo nos asemejamos mucho en el patrón de comunicación. Muchas de las cosas que nosotros pensamos de los marroquíes, las piensa un alemán de nosotros. Los dos somos gente de contacto. Mirones. ¡Opinamos de la vida del otro con una facilidad! Eso en un país anglosajón no sucede”.

EL EDIFICIO

El edificio se alza imponente en el número 99 de la calle Sidi Mohamed Ben Abdellah. Las persianas y el descomunal logo que hay en la fachada —de un intenso color rojo—, le insuflan vida. La bandera española ondea al viento. Detrás de ella, las nubes avanzan rápido por el cielo. Subo por las escalinatas que le dan un aire señorial a todo el conjunto y saludo a Youssef, el guarda de seguridad. Desde hace unas semanas tiene nuevo compañero, otro guarda de  refuerzo. Eso sin contar los soldados que patrullan por la calle. Uniforme de camuflaje, chaleco anti balas y ametralladora al hombro. Des de que hace unos meses Marruecos fue señalado como objetivo por el Estado Islámico que están por toda la ciudad.

—Buenos días ¿Se puede?

—Pasa, pasa. Te estaba esperando.

Maribel —cuarenta y pico, acento andaluz, una pequeña cicatriz en la cara—, es la cuarta generación de una familia española afincada en Marruecos. “Los primeros en llegar fueron mis bisabuelos, que venían buscando trabajo. Después, mis abuelos regentaron una cantina de militares en Larache. Había muchos, de aviación sobretodo. Venía un grupo y mi abuela: “Venga, a pelar patatas que ha venido el comandante no sé qué”. Y mi madre y sus hermanas, todas a pelar patatas”. Los padres de Maribel nacieron cuando la zona pertenecía al Protectorado Español y ella se crio aquí. Habla español, francés y árabe a la perfección. Suena el teléfono. Me hace una seña de disculpa con la mano y atiende la llamada.

—Vale. Sí. Mmm. Vale, vale. Ahora mismo te lo miro.

En una ocasión le pregunté a una de sus compañeras qué hacía Maribel en el Cervantes. Hace de todo y todo lo hace bien, me respondió mi interlocutora. Con lo que me quedó claro que es una currante pero seguí sin saber qué carajo hacía durante todo el día. Como fui de las últimas en llegar hago un poco de todo, me dice ella y se ríe. “Soy auxiliar administrativo. Ayudo a Paquita en cultura, hago matrículas, me encargo de la difusión digital, mando a Madrid todo lo que sale en prensa, hago las reservas de hotel para los que vienen, llevo el Facebook, diseño los carteles… Intento echar una mano donde puedo, la verdad. A mí no se me caen los anillos, si me tengo que subir a una silla y cambiar una bombilla, lo hago sin problema”.

—Perdona. Un segundito nada más—. El que habla es Emilio, uno de sus compañeros,  que en este momento asoma la cabeza por la puerta. Para Emilio la administración es como el corazón del centro. Sin el corazón no se puede vivir, me dijo en una ocasión. —¿Tienes lo del seguro?

—Sí, pero me falta un cheque.

—No, si no lo necesito. Sólo la factura. Por el importe.

—Toma. Te la doy.

Maribel hace doce años que trabaja en el Cervantes y, según dice, acabó aquí por  casualidad (otra vez el vocablo mágico). “Yo era taxista en aquel entonces. Mi hija iba al instituto y mi hijo al colegio. Me pasaba el día en el coche de un lado para otro. En Tánger no tenía a nadie. Mi marido y mi madre estaban en Larache. Yo nunca pensé en trabajar aquí pero salió una plaza y una amiga me animó. Yo pensaba: “¿Qué voy a hacer allí? Se va a presentar mucha gente. No tengo posibilidades.” Y ella venga a insistir. Total, que me convenció, me presenté y quedé la segunda. Recuerdo que el primer día estaba nerviosísima”. El teléfono vuelve a sonar.

—Sí. Me falta hacer una fotocopia. Vale. Luego te lo doy.

“Cuando me hicieron la entrevista de trabajo, yo había dormido en esa habitación y había hecho un montón de gamberradas”. Y es que el edifico que actualmente ocupa al Instituto Cervantes de Tánger se construyó a principios de los años setenta para albergar una residencia de estudiantes. “Para mí fueron cuatro años maravillosos. Claro, de pronto, con quince años, sin padres… aunque estábamos muy controlados, no te creas. A las doce de la noche cortaban la luz. Teníamos las velas prohibidas pero todas teníamos unas cuantas escondidas en la habitación. Había saharauis que venían becados de El Aaiún. También, españoles de Melilla o Nador. Todos veníamos  a Tánger porque aquí estaba el Instituto Español. Éramos unos dos cientos. Juntos pero no revueltos, ehhh”.

Maribel me hace una visita guiada y por ella me entero que en esa época el  edificio estaba divido. Había dos áreas. La de los chicos y la de las chicas. Para separar a los dos sexos pusieron un muro en el pasillo. “Recuerdo que nos pasábamos cosas por debajo. Cigarrillos, apuntes… Había unos que eran novietes y se sentaban en el suelo, cada uno a uno lado, y se ponía a charlar. Nunca, nunca pensé que acabaría trabajando aquí”.

¿Alguna vez has pensado en regresar a España?, le pregunto y ella me mira, sonríe con los ojos y muy decidida —como si ya lo hubiera dicho tantas veces que no tiene ni que pensarlo—me suelta: “Yo sólo me iría de Marruecos o por algo muy bueno o por algo muy malo. Siempre le digo a mi madre que ella tiene la culpa de que yo esté aquí. Porque un año, durante La fiesta del trono, ahora no se hace tanto, pero entonces la gente colgaba la bandera de Marruecos en los balcones de las casas, en los negocios… había banderas por todas partes. No me acuerdo pero algo mal haría porque mi madre me acabó atando a la bandera de Marruecos que teníamos en casa.  ¿Cómo no voy a querer a éste país?”

Foto coche
Antonia garcía (izquierda) posando con el primer coche que tuvo en Tánger el Dr. Roca. Colección Fotográfica de Antonio Ramírez. Biblioteca Juan Goytisolo.

¿TÚ SABES QUIEN ES CERVANTES?

Este año el Instituto Cervantes celebra sus bodas de plata. Veinticinco años dan para mucho. Son tantas las personas trabajando —cuarenta y cinco— que es imposible citarlas a todas. Está Cristina, que había sido la gobernanta de la residencia y ahora trabaja en recepción. Ahmed, que entró como guarda de seguridad y ahora ayuda a Cristina. Youssef y su bigote, que atienden en la biblioteca. Faouzia, que siempre tiene una sonrisa para los niños. Mustafá y sus alumnos. Cada uno tiene su historia. Sus recuerdos. Sus anécdotas. Durante estos días escucho muchas.

“Un día vino un grupo de escolares de excursión. Les hacían una visita guiada por la biblioteca y en un momento dado escuché a un niño que le preguntaba a un compañero: “Oye, ¿tú sabes quién es Cervantes?” A lo que el otro respondió: “El señor de la casa, supongo”.

Aunque no seamos conscientes de ello, todos tenemos una imagen mental de como son las bibliotecarias. Suelen ser mujeres, llevar gafas y estar en permanente estado de malhumor; por no decir eso de que se pasan el día haciendo Shhh. Pero la auxiliar de biblioteca con quien me he citado tiene buena vista, me recibe muy amable y, además, me hace reír con historias como esta.

Se llama Lucía y esta mañana la encuentro catalogando volúmenes frente al ordenador. Todo el material —ya sean libros, películas, CD’s, partituras, mapas o fotografías— deben pasar por este proceso antes de entrar a sala, me explica. “Me acuerdo perfectamente de mi primer día. Llegué y estaba Jaume Bover, toda una eminencia, esperándome en la puerta con una bata blanca. Me dio otra para mí y me llevó al sótano. Allí me dejó, en un cuarto minúsculo, lleno de revistas que llegaban hasta el techo. Yo ni cabía. Esto es lo que tienes que ordenar, me dijo. Cuando empecé, hace más de veinte años, se catalogaba todo de manera manual. Ahora, por suerte, lo tenemos informatizado”.

La biblioteca del Instituto Cervantes de Tánger recibe más de treinta mil visitantes anuales. Y es que con más de cien mil volúmenes en su haber es una de las más importantes de la red, sólo comparable a la de Nueva York. Lucía me dice que de su trabajo le gusta todo. Que se siente una privilegiada por poder trabajar con lo que le gusta. Pero hay gente que piensa que es un trabajo aburrido, le digo. “Para nada. Lo que pasa es que es un trabajo poco conocido. La gente no sabe lo que implica. A veces me ha venido una persona y me ha dicho: “Oye, ¿Tú me puedes enseñar un poco a catalogar?”. Como si esto se pudiera enseñar en una tarde”.

Por la ventana entran retazos de conversaciones. Son los estudiantes del Instituto Español Severo Ochoa. Es la hora del recreo. En el patio hay grupos de chicos y chicas, bocadillo en mano, charlando animadamente. Más lejos, los pequeños corretean alegres por el patio. Varias gaviotas sobrevuelan el lugar.

“Éste es un trabajo interesante. Por aquí pasa mucha gente. Antes, cuando estábamos en el otro edificio venían muchas amas de casa y oficinistas. Ahora casi todo son estudiantes. A veces llega uno y te dice: “Deme usted una novelita que esté bien”. Y claro, el que esté bien es muy relativo. Recuerdo un día que vino una señora desde España y buscaba información sobre su abuelo, que había vivido en Tánger. Traía una fotografía muy antigua. Por más que quisimos no le pudimos ayudar pero entonces me acordé de un usuario. Un señor mayor, que había sido peluquero. Ese hombre tiene memoria fotográfica. Así que lo llamé, vino y, efectivamente, lo reconoció”.

Foto familia
Españoles en Tánger. Colección Fotográfica de Antonio Ramírez. Biblioteca Juan Goytisolo.

CURIOSO, RARO E INSÓLITO

La Biblioteca Juan Goytisolo se bautizó como tal en el año 2007 pero su historia viene de lejos. Principios de los años cuarenta, cincuenta mil pesetas y mil ochocientos volúmenes. De ahí nace la primera biblioteca pública de la ciudad. Una  biblioteca que ha pasado por cuatro emplazamientos distintos y que destaca por su colección de libros relacionados con el mundo árabe. “Hasta hace diez años todos los libros que tenían que ver con el Sáhara se guardaban dentro —dice Lucía—. Recuerdo uno precioso, se llama La prisionera y es la historia de la familia Oukfir”. El padre de la escritora intentó atentar contra el antiguo rey Hasan II y al cabo de unos días apareció muerto; acribillado a balazos. Su mujer y sus hijas pasaron veinte años en la cárcel. La autora explica como escaparon del país. “Ese libro estuvo fuera de préstamo durante mucho tiempo. Lo teníamos escondido”.

“Nuestro trabajo es la promoción de la cultura y la lengua española. Todo lo que no entre aquí se queda fuera. Pero no tenemos ningún tipo de filtro en lo que respecta a la temática de los libros. Los únicos que miro bien antes de comprar son los cómics porque, a veces, contienen material visual muy explícito y en algunos casos podrían violentar al usuario”. Son palabras de Silvia, quien más tarde me confesará que la película más alquilada es, con diferencia,  Lucía y el sexo.

Esta  catalana de pelo rizado y ojos claros es, desde hace ocho años, la responsable de la Biblioteca y hoy lleva un día muy ajetreado. “Gestionar una biblioteca no es sólo ocuparse de la sala… tenemos visitas de grupos, festividades señaladas, talleres para los más pequeños… Hace un rato, por ejemplo, ha venido una señora que va a desmontar el piso y nos ha ofrecido sus libros. A veces pienso que esto de las donaciones puede ser un regalo envenenado. Hace dos años vino un señor francés que había comprado una casa en la playa y nos contactó porque en la vivienda había una habitación repleta de libros. Nos preguntó si nos interesaba y concertamos una cita. Es lo más brutal que he visto nunca. Éramos cinco personas rebuscando allí, los muebles por el suelo, libros por todas partes… Era realmente impresionante. Sólo te digo que dos años después seguimos catalogando”.

Silvia me cuenta que estudió biblioteconomía por casualidad y empiezo a pensar que el mundo (en general) y este centro (en particular) están llenos de casualidades nada casuales. Antes de venir a Tánger estuvo en las bibliotecas del Colegio de Arquitectos, de Casa Asia y de la Universidad Autónoma de Barcelona. “El trabajo es el mismo, lo que cambia son los usuarios. En Tánger no hay ninguna biblioteca pública. Aquí la mayoría de usuarios no saben consultar el catálogo, tienes que ayudarles. Nadie en Nueva York te aparecerá con un libro dos años después de haberlo cogido. Aquí vienen y te dicen: “Lo siento, me olvidé”. Al principio te parece extraño pero luego te acostumbras, dice Silvia y es cuando nos percatamos de que no estamos solas.

—Perdona. Está cerrada la biblioteca.

—¿Cómo?

—Que está cerrada. Abrimos en diez minutos. Lo siento.

RINCONES, RINCONCITOS Y RECOVECOS.

Abrimos con la llave y lo primero que hacemos es subir las persianas. “Es por protección. También tenemos un pequeño deshumidificador y un termómetro para calcular la temperatura”. Aquí se guarda el libro más antiguo que hay en la biblioteca. Un comentario de la Biblia escrito en hebreo, que se calcula pertenece al 1600,  dice Silvia, y me lo muestra. Forrado en plástico, tiene cierres metálicos y está guardado en una caja como si fuera un bombón. Pero hay otros dulces: Un proyecto de Gaudí para la catedral de Tánger que nunca se llevó a cabo, antiguos libros de viaje, un ejemplar del Quijote ilustrado y tres actas matrimoniales de gran tamaño. Pertenecen a dos hermanas, originarias de Gibraltar y que se casaron en 1885. “Las encontró Jaume Bover de casualidad (otra vez la dichosa palabra), paseando por un mercadillo. Ahora, gracias a la colaboración de una universidad de Israel hemos podido traducir el texto. Este símbolo de aquí —dice al mismo tiempo que lo señala— indica que eran judíos sefarditas, de origen español. Con este documento los descendientes de la familia podrían solicitar la nacionalidad”.

Bajamos al sótano. Escaleras. Puertas comunicantes. Pasillos tenebrosos. Rumor de tuberías. Por un momento me siento como la protagonista de Tesis. Pero en la película no había interminables filas de libros y este intenso olor a papel viejo que se te mete en la nariz.  “De vez en cuando vamos revisando lo que tenemos para ver si hay títulos que han quedado obsoletos o ejemplares que le puedan interesar a la Biblioteca Nacional, me explica Silvia. Quien también me informa que a esto se le llama expurgar.

Lo que no han expurgado ni expurgarán serán los ejemplares del diario España. Creado en Tánger en 1938 como un medio para la propaganda franquista y que  acabó convirtiéndose en todo lo contrario. Muchos periodistas republicanos, perseguidos al otro lado del Estrecho escribieron en él. “Todavía no está digitalizado pero lo consulta mucha gente”, dice Silvia, a quien pido que me muestre uno de los ejemplares. Y ella, solícita, saca las cajas donde están guardados. Escogemos una fecha y, esta vez, no es al azar. 15 de febrero de 1966. En la portada, una noticia sobre dos escritores soviéticos condenados a trabajos forzados. Y en la sección Tánger al día, una mujer que ha perdido una pulsera en la calle México ofrece una recompensa a quien le ayude a encontrarla. También, una nota breve acerca de una peluca reversible que cuesta diecisiete mil pesetas. “Se trata de la misma y bella peluca en morena y en rubio, para que el marido escoja según su humor”, dice el texto.

Por suerte, ha llovido mucho desde entonces. Cincuenta años para ser exactos.

Cuando hace unos semanas hablé con Enrique para explicarle que quería hacer un reportaje sobre la gente que trabaja en el Instituto Cervantes de Tánger me dijo: “Tú, como Frank Sinatra”. Y viendo mi cara de desconcierto añadió: “A tu manera”. Así lo he hecho y así termina, por la misma razón:

EPÍLOGO

Varón. Edad aproximada de la muerte, sesenta y nueve años. Tabique nasal prominente. Manco. Esternón magullado y con restos de pólvora. Mandíbula con seis dientes o menos. Miguel Cervantes de Saavedra nació en Alcalá de Henares, trabajó como funcionario del reino de España en Sevilla, participó en la batalla de Lepanto y murió sin ser glorificado. Cuatrocientos años después de su muerte está considerado uno de los padres de la novela moderna.

 

 

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Los nómadas de la basura

Los nómadas de la basura

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Mohamed y algunos de los chicos que encuentro en el vertedero de Tánger, Marruecos.

El camino es de tierra y está lleno de baches. Cruzo la barrera sin detenerme; como si lo hiciera cada día y llego a un enorme descampado. Huele a rayos. Docenas de ojos levantan la vista del suelo. Son miradas de desconfianza. La mayoría, de hombres. Casi todos, jóvenes. También hay niños y mujeres. Y algunos viejos. Transpiran, rebuscan, esperan, se miran entre ellos, apenas hablan. Todo es podredumbre. Barro. Ratas que parecen conejos. Desciendo del vehículo y un involuntario “Agggh” sale de mi boca. Estoy de mierda hasta los tobillos. Y, poco a poco, la indiferencia se convierte en curiosidad; en menos que nada, un numeroso grupo se forma a mi alrededor.

—¿Tú crees que si yo tuviera trabajo y un lugar donde vivir estaría aquí?

Dice Mohamed. Treinta años. Soltero. Desde los doce rebuscando en la basura. Hoy su botín contiene algunas botellas, restos de vidrio y algo de hierro.

—Soy hijo único pero nadie de mi familia se preocupó nunca para que estudiara.

Mohamed habla por los codos. De sus padres. Su casa. Su vida. Los demás escuchan y asienten. Los nombres son distintos, las historias parecidas. Todos rebuscan en los desperdicios en busca de algo que vender. Son los nómadas de la basura y se calcula que en todo Marruecos hay unos cuatro mil. Este es un trabajo más en un país donde escasean los trabajos.

—En un día normal me puedo sacar entre siete y diez euros. Si tengo suerte y encuentro cobre o aluminio, gano un poco más.

La ciudad de Tánger produce basura. Todas las ciudades lo hacen. Trabajamos para consumir. Cuanta más basura generamos, mejor vivimos. En Barcelona un ciudadano produce de media 1,43 kilos de desperdicios al día. ¿Y en Tánger? Me es imposible responder a esta pregunta. La información es opaca o simplemente inexistente.

El basurero de Mghogha, a las afueras de la ciudad, se creó a principios de los setenta y abarca casi 30 hectáreas. Antiguamente, los deshechos que acababan aquí provenían de los hogares y eran, sobretodo, orgánicos. Cascaras de huevo, pelas de patata, restos de cous cous, huesos de pollo… Pero estos últimos años Tánger ha crecido, la población se ha multiplicado y el desarrollo económico ha traído a sus amigos: restos inorgánicos y peligrosos. Además del plástico (Marruecos está lleno de bolsas de plástico por todas partes), el cristal, las pilas, los fluorescentes y los envases de plaguicidas que se utilizan en la agricultura, el vertedero rebosa de restos industriales y sanitarios —recortes de tela, gasas con pus, jeringuillas, mantas ensangrentadas—. En Tánger no se recicla y en Mghogha todo se mezcla. El resultado es un cóctel mortífero que está matando la tierra y envenenando las aguas que corren por debajo. Del aire ya hablaremos más adelante.

—Vengo de noche. Recojo botellas. Trabajo con una linterna pegada a la gorra y si me canso voy a la cabaña y allí duermo un poco. Aquí hay muchas cosas. A veces he encontrado zapatos viejos y luego los he vendido para ganar dinero. Una vez también me encontré un teléfono.

Dice Amine. Once años recién cumplidos. Uñas negras. Mirada curtida. Y por un momento olvido que estoy hablando con un niño.

A lo lejos se ve la carretera y los coches que pasan de largo. Bandadas de pájaros sobrevuelan el lugar. En el horizonte, la ciudad. Inmensa. Blanca. Nítida. Pero es sólo un espejismo. Un día te levantas y, sin saber cómo, la ha invadido una nube gris. No es niebla. Es el humo que llega del vertedero. Así se deshacen de la basura. Quemándola. Lo hacen de noche. Tres o cuatro veces por semana. Y al día siguiente es imposible respirar. Un olor fétido lo invade todo. A través del viento la basura regresa a donde salió y lo  hace en forma de ceniza pestilente.

Por cada cuatro toneladas de residuos que se incineran se genera una de cenizas contaminantes. Contienen mercurio, plomo, cadmio, cromo, arsénico y las famosas dioxinas que se generan en el proceso de combustión.

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Restos de basura ardiendo en Mghogha y al fondo, la ciudad de Tánger.

El aire que se respira en Tánger está contaminado. Lleno de dioxinas. Esas diminutas partículas sobrevuelan las calles, se posan en los balcones, entran por las ventanas e invaden las fosas nasales de sus habitantes. El organismo las recibe y, a través de los pulmones, pasan al torrente sanguíneo y de allí a los tejidos. Esas diminutas partículas pueden producir cáncer, malformaciones congénitas, leucemia, linfomas, lesiones en el páncreas… la lista es larga.

Las dioxinas no entienden de clases, me dice un marroquí que quiere crear una asociación para concienciar a la gente sobre el tema. “A las dioxinas les da igual si eres rico o pobre, culto o analfabeto. Es nuestra salud lo que está en juego. No puede ser que el gobierno se gaste un dineral en el nuevo puerto y no haga nada para mejorar esto”. No puede ser pero es.

El sol se esconde. A mi alrededor, unas doscientas personas rebuscan entre las montañas de desperdicios. Las estadísticas señalan que el 10% de los recolectores de basura son niños. Les pregunto a los chavales por su edad. Diez, doce, trece. El mayor tiene quince y lo dice con orgullo. Les pregunto por la escuela. “No escuela”, contestan y entonces me piden que les saque una foto. Lo hago y se la muestro. Mientras ellos bromean y se lanzan comentarios jocosos, les pregunto donde viven y varios levantan el brazo. “Allí”.

Alrededor del vertedero antes hubo tierras. Estaban vacías. Eran inhabitables. Pero, poco a poco, las personas fueron ocupándolas. Gente que venía del campo y no encontró trabajo en la ciudad. Familias que se quedaron sin trabajo y no podían pagar el alquiler. Personas a las que les fue mal en la vida. En la cercanía del vertedero las casas se construyen sin licencia. En medio de la nada. Primero una, luego otra, y ya son un montón. Calles sin asfaltar. Padres sin trabajo. Niños que no van a la escuela. Servicios públicos inexistentes. La zona rebosa miseria.

Un hombre de mediana edad —gorro de lana, botas de goma— agarra un palo como si fuera un bastón. No quiere dar su nombre. Tiene miedo —todos lo tienen—  pero accede a hablar conmigo. Me dice que esta es su casa. Que viene cada mañana, recoge todo lo que puede vender y no se va hasta que oscurece. “Hace tiempo que estoy enfermo, necesito dinero para ir al médico y que me cure. No tengo a nadie que me ayude. Por eso vengo. Si no, que Dios me ampare. El gobierno está claro que no me va a ayudar”.

El  vertedero es toda una tradición en Tánger y el tema estrella en cada campaña electoral. La ciudad genera tantos deshechos que ha rebasado la capacidad de las autoridades para deshacerse de ellos. Todos los partidos dicen que lo van a quitar, que  es preciso adaptar la gestión de los residuos a los nuevos tiempos y que esto pasa por el reciclaje. Pero pasan los años, cambia el gobiernos y todo sigue igual, si no peor.

“Aquí hay muchos accidentes. La gente se hace heridas, se les infectan… A uno se le metió no sé qué en el ojo y se quedó ciego. Otros se han quemado. Muchos de los que vienen aquí se acaban muriendo. Y también hay niños. Ya los has visto. Una vez vino una niña, empezó a buscar entre la basura, vio que se ganaba algún dinero y ahora ya no va a la escuela. Se fugó de casa de sus padres. Nadie la busca. Nadie pregunta por ella. Ahora ya está acostumbrada a esta vida pero esto no es vida. La policía nos persigue, la gente nos insulta, te pones enfermo… ¿Qué vida es esta?”

Varias empresas se han encargado de la gestión de las basuras urbanas en Tánger en los últimos años. CEPSA. TECMED. SUEZ. Todas con resultados similares. Tarde o temprano, terminan abandonando. El motivo: el ayuntamiento no les paga las facturas, ellos no pagan los salarios a los trabajadores y estos, cansados de ser explotados, se niegan a trabajar.

Me lo cuenta el señor X, que me pide por favor que no desvele su identidad. En cuanto le prometo no hacerlo abre el ordenador. Contiene varios archivos. Son estudios, todos bastante antiguos, pero menos da una piedra. Leemos el primero. Lo hizo una empresa española. El documento concluye que en Tánger no cabe más basura. La tierra, el agua y el aire están contaminados. La empresa propone trasladar el vertedero y crear una planta de reciclaje. Tratar las basuras y aprovechar el metano para alimentar la red eléctrica de la ciudad. Representantes de El Centro Nacional de Inversiones se reúnen con los empresarios para discutir el proyecto y, al terminar el encuentro, les dicen:” Vale. Estamos de acuerdo. Pero nosotros no vamos a pagar nada. No hay dinero”. Que es lo mismo que decir: “Pon la pasta de tu bolsillo y mantente con el beneficio que saques del reciclaje”. Fin del acuerdo.

El señor X abre otra carpeta. Esta vez, de una empresa alemana. Toxicidad. Riesgo de explosiones. Polución de la atmósfera. Contaminación del agua. “La basura se amontona, no se compacta, el riesgo de deslizamiento de la tierra es importante”, concluye. El tiempo le dará la razón y al cabo de unos años se produce el primero. Por suerte, sin víctimas.

Son estudios del 2008. Desde entonces, nada. Ni datos, ni estadísticas ni gráficos. Lo que sí encuentro esta mañana son personas estigmatizadas. Marginales. Olvidadas a su suerte. Con la angustia constante de perder su casa, sus pertenencias. Ella me lo explica y su voz suena desesperada, mientras con un pañuelo —que de tan usarlo está casi transparente— se cubre el rostro. Imposible adivinar qué edad tiene.

“Aquí sólo vengo el sábado y el domingo. Me he hecho una cabaña pero los viernes cuando llego los del ayuntamiento me la han destruido. La queman. Cada viernes, igual. La construyo y me la queman. La vuelvo a hacer y me la vuelven a quemar. He perdido toda la ropa que tenía. No me queda nada, sólo una manta. Ahora estoy recogiendo madera y plásticos para hacerme otra. Cuando no puedo dormir en la cabaña me voy a la mezquita y paso la noche allí. Así es como vivimos. Aquí hay mucho humo. Huele mal. Cuando vengo me da la alergia. Gasto más en medicamentos que en comida. Algunas personas nos insultan pero ¿qué vamos a hacer? Si tuviéramos un trabajo mejor no estaríamos aquí recogiendo basura”.

Raduan es pastor. Trabaja de lunes a domingo sin descanso. Sus vacas necesitan salir a pastar cada día. Si no las saca él, lo tiene que hacer alguno de sus hijos pero los animales no pueden quedarse sin comer. Si no comen, no engordan y, entonces, no los puede vender. Y si no los vende los que se van a quedar con el plato vacío serán él y su extensa familia. Me lo explica sonriente. Amable. Como quien cuenta algo tan lógico que no entiende el sentido de la pregunta. Pero es que yo miro sus vacas pastando en este basural donde hasta ahora no he visto ni un brizno de hierba y no entiendo nada. Es por eso que le pregunto. ¿Es que las vacas comen basura? Y él me responde que no. Que sus vacas no comen basura. Que son muy inteligentes y saben discernir lo que se puede y lo que no se puede comer. Además, añade: “El que coma carne de mis vacas estará inmunizado; ellas lo están”.

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Vacas pastando en el vertedero de Tánger, Marruecos. Foto: A.T

En teoría las leyes marroquíes sobre la protección del medio ambiente son parecidas a las españolas, otra cosa es que se apliquen. La realidad es que la gestión de los deshechos y su eliminación están en manos de gente como Mohamed. Personas que trabajan sin contrato. Sin ropa ni zapatos adecuados. Sin mascarillas. Sin herramientas. Personas sin seguro médico que les cubra en caso de accidente o enfermedad. No sólo sobreviven de lo que encuentran en la mierda, sino que además tienen que soportar el desprecio de sus conciudadanos y la persecución de las autoridades. Sin embargo, son ellos los que más contribuyen al reciclaje. Y ni tan siquiera lo saben.

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“Ahora en casa quien cocina es él”

“Ahora en casa quien cocina es él”

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Una calle a las afueras de Asilah, Marruecos. Foto: A.T

Fátima —casada, en la cuarentena, madre de cuatro hijos— sale de su casa, a las afueras de Asilah y camina hasta el trabajo. En días como hoy debe poner especial cuidado en donde pone los pies. Hace años que las autoridades dicen que van a asfaltar la calle pero pasa el tiempo y el camino sigue igual; con pequeñas variaciones. A veces es sólo tierra, en ocasiones la tierra se convierte en polvo y en días como hoy, la lluvia lo transforma en un barrizal donde flota todo tipo de basura.

Fátima va andando hasta el centro de la ciudad, donde la compañía de teléfonos Maroc Telecom tiene su oficina. Ella no es secretaria ni contable. No trabaja en el servicio de atención al cliente, como la mayoría de sus compañeros. Su jornada laboral empieza cuando termina la de los demás. No tiene llave pero el guardia se seguridad la conoce, son ya muchos años, y cuando llega a la puerta la deja pasar sin más. “¿Todo bien? ¿Tu marido bien? ¿Los niños bien?”, le pregunta. Y aunque en casa las cosas no vayan para tirar cohetes, aunque cueste llegar a fin de mes y este invierno no pueda comprarle ropa nueva a los críos, ni zapatos ni libretas para el cole, aunque su marido esté enfermo y sin trabajo, ella responde bien, todo bien y entra en la oficina.

Fátima enciende las luces, se saca la chaqueta y abre el cuartito donde guarda sus cosas. Lo primero que hace es ponerse la bata y luego colocarse bien el pañuelo, que en la calle le sirve para ocultar el pelo y en la oficina, sin embargo, cumple otro propósito. Aquí se lo anuda diferente, más ceñido, como si fuera un turbante. Sólo así consigue tener la frente despejada. Cuando el esfuerzo de su cuerpo provoque las primeras gotas de sudor, la tela evitará que estas le resbalen por la cara. Necesita tener la vista despejada. Cuando se haya ido, todo debe quedar impoluto. Fátima es la mujer de la limpieza. Éste es su trabajo. O lo era hasta hace poco.

A veces todavía lo recuerda pero cuando lo hace las imágenes que le vienen a la cabeza son borrosas. Como las fotografías de un pasado muy lejano, aunque no hace más de cuatro años de todo aquello. Ahora Fátima prácticamente no sale de casa en todo el día. Por la mañana se levanta y prepara el desayuno para sus chicos; eso no ha cambiado. Después acompaña a Rayan a la escuela. Es el más pequeño, acaba de cumplir seis años y está aprendiendo a leer. Fátima lo deja en clase y deshace el camino andado. Entonces empieza su jornada de trabajo. Cuando Rayan tenía dos años la familia inició un gran viaje. Para hacerlo no tuvieron que coger el avión, ni el barco, ni tan siquiera el coche que no tienen. El suyo ha sido un largo camino pero lo han recorrido sin moverse del barrio.

Tres por dos. Cinco metros cuadrados. Esto es exactamente lo que Fátima y su marido han ganado. Parece poco. Pero no lo es. Es mucho. Muchísimo. Este local diminuto es la clave de su futuro, de la educación de sus hijos y de una vejez sin preocupaciones. Este local es un sueño hecho realidad. “Pastelería Rayan”. Aquí me reciben esta mañana Fátima y su marido dispuestos a contarme su historia. Fue a través de un familiar, dice ella. En Assilah todos se conocen, es de esas ciudades donde la mejor manera de comunicar algo sigue siendo el boca a boca.

Situada en el norte del país, a tan solo cuarenta minutos de Tánger por autovía, Asilah es una ciudad costera, que vive del turismo. En Asilah no hay industria. La vida no es fácil. Y en invierno es peor. Los hombres trabajan como albañiles o pescadores, los que tienen suerte de tener un empleo. Las mujeres se quedan en casa.

A pesar de que Asilah cuenta con siete escuelas primarias y un instituto, las niñas abandonan los estudios antes de terminar. Muchas viven en aldeas y han de caminar cinco kilómetros para asistir a clase —en la zona no hay transporte público—. Sus padres tienen miedo de que les pase algo y además tampoco le encuentran el sentido. Si ya saben leer y escribir, sumar y restar ¿para qué necesitan más? Esa es la mentalidad, aunque poco a poco las cosas van cambiando.

Hacía años que Fátima había dejado la escuela pero un día se enteró de que iban a dar un curso de repostería en la ciudad. Ella ya sabía hacer pasteles. Se lo enseñó su madre, que lo aprendió de su abuela, que a su vez lo aprendió de su bisabuela. En Marruecos todas las mujeres saben hacer pasteles. Pero esto era distinto. Era un curso de repostería profesional, con un diploma reconocido por el Ministerio de Educación, con los materiales subvencionados y por el que no tenía que pagar absolutamente nada. Lo único que tenía que hacer —si estaba interesada y Fátima lo estaba mucho—, era ir y apuntarse. Pero antes debía convencer a su esposo. En Marruecos las mujeres no hacen nada sin el consentimiento de los hombres. Padres, maridos, hermanos. Los hombres deciden, las mujeres acatan órdenes. El suyo no quería que fuese. Mejor quédate en casa, le dijo. Pero fue tal el empeño que ella puso en convencerle que al final cedió. Y Fátima se apuntó. Así fue como casi treinta años después de dejar la escuela, Fátima volvió a recibir formación.

Aprovechó bien el tiempo invertido. Casi quinientas horas. Más de seis meses aprendiendo los trucos de un maestro pastelero. Doscientas horas de prácticas obligatorias. El curso fue un éxito de convocatoria. Muchas chicas se apuntaron. Pero Fátima fue de las pocas que supieron sacarle provecho. Algunas empezaron pero no terminaron. Otras empezaron y terminaron pero luego volvieron a sus casas y se olvidaron. Otras empezaron, terminaron y se pusieron a trabajar pero rápido se cansaron de levantarse a las seis de la mañana. Esta es una profesión que exige madrugar y Marruecos un país al que le gusta levantarse tarde; hay costumbres tan arraigadas que cuestan de cambiar.

Fátima no es como la mayoría. Fátima tiene sus propios sueños. Ganas de prosperar. A los doce años dejó de ir a la escuela. No le dieron la oportunidad de continuar y ahora no la quiere dejar escapar. Fátima sabe que sólo si consigue tener un diploma podrá dejar de fregar suelos. A ella lo que le gusta es cocinar. Y se le da bien. Así que decide que hará el curso.

Durante los seis meses siguientes Fátima amasa los pasteles por la mañana y limpia las oficinas por la tarde. Son jornadas largas. Extenuantes. Pero Fátima no se queja. Está aprendiendo a hacer cruasanes, galletas, pizas, briwats de pollo y pescado, infinidad de pastas y dulces marroquíes. De almendra, de pistachos, de nueces, rellenas de dátiles, con sabor a coco o a arándanos. A veces llega a casa con los brazos destrozados. Necesita hacer mucha fuerza para que la masa quede bien. La presión con las manos, el trabajo de los dedos, la tensión en los hombros… por la noche cuando se acuesta siente un hormigueo recorrerle todo el cuerpo. Pero a Fátima no le importa. Está contenta. Y así, sin pensarlo demasiado se embarca en algo que sólo unos años antes le hubiera parecido impensable. ¿Y si en lugar de trabajar para otros montara yo mi propia empresa?, se dice en silencio en esos minutos que preceden al sueño.

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Fachada de la pastelería que Fátima regenta con su marido. Foto: A.T

Hoy la he conocido y lo primero que me ha mostrado es una sonrisa desdentada. Tímida. Sí. Pero también satisfecha. Como queriendo decir pero sin decirlo: “Mira lo que he conseguido. Mira hasta donde he llegado”. Mientras ella habla su marido la escucha embelesado y sonríe orgulloso. Han hecho un pacto, me dice Fátima: “Yo me encargo de hacer los dulces y él pone las verduras en la olla”. Los dos se ríen y cuando ven mi cara de extrañeza me lo aclaran como quien tiene que explicar una obviedad. “Si yo estoy trabajando para la tienda alguien debe ocuparse de hacer la comida para la familia. En casa quien cocina es él”. Hubo un tiempo en que el marido de Fátima trabajaba de guardia de seguridad. Ganaba dos cientos euros mensuales pero un día se enfermó. Estuvo mucho tiempo sin poder ir a trabajar. Una vez recuperado decidió ayudarla con el negocio. ¿Cómo es trabajar con tu marido?, le pregunto y ella sonríe con la mirada y contesta con un escueto “Me gusta” ¿Qué hace él?. “Atiende a los clientes, coge los pedidos, me pasa los encargos y guarda el dinero”.

Dice Fátima. Ojos risueños, algunas arrugas de expresión y dos pulseras que tintinean cada vez que mueve los brazos. Y él, ojazos azules, dentadura de un blanco radiante, sonríe complacido.

Ahora la pastelería está cerrada. Sólo la abren en verano, el resto del tiempo trabajan por encargo. Por eso las estanterías están vacías. El único rastro de vida es la foto del rey colgada en la pared; menester —no escrito pero indispensable— para cualquier negocio. Son sólo cinco metros cuadrados, pero albergan más de seis mil euros en material. Un horno profesional y dos vitrinas para conservar en frío, precisamente esta mañana han recogido la segunda. Para traerla hasta aquí han tenido que alquilar un motocarro. No es barato pero es lo único que han tenido que pagar de su bolsillo, el resto se lo ha donado la fundación CIDEAL.

Esta ONG lleva más de veinte años trabajando en el norte de Marruecos. Su objetivo: ofrecer formación a la población desfavorecida. Formación gratuita para que las personas —en su mayoría mujeres— puedan mejorar su calidad de vida.

Este proyecto de formación y empleo en Assilah se inició en el 2011 con apoyo de la Cooperación española. En este tiempo han ofrecido cursos de peluquería, estética, secretariado, confección e informática. Por las aulas han pasado casi quinientas personas, de las cuales muchas han salido con empleo y ocho han montado su propio negocio. Parece fácil, no lo es en absoluto. Son personas vulnerables. Con escasa formación. Mujeres en su mayoría. Pero el caso de Fátima demuestra que es posible, ella sólo ha necesitado un empujoncito.

Fátima y su marido
Fátima y su marido en el interior de su pastelería. Foto: A.T

 

 

 

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